Leon Trotsky y su exilio en México
De los 24 miembros que conformaban el Comité Central del Partido Bolchevique soviético en 1917, sólo dos quedaban con vida en 1940: Stalin y Trotsky. Lenin había muerto en 1924, y su puesto vacante, la dirección del Partido, fue conquistado por Stalin y su séquito. Algunos otros miembros murieron en el camino, y la gran mayoría fue desaparecida o fusilada por las purgas estalinistas.
La vida de Trotsky supera cualquier ficción, su vida y la de su familia fue hostigada por las fuerzas de Stalin al punto de que el único familiar cercano que sobrevivió al mismo Trotsky fue su última mujer, Natalia Sedova, quién murió en 1961 y ahora sus cenizas descansan junto a las de Trotsky en el jardín de su casa, ahora museo, en el barrio de Coyoacán.
En un recorrido veloz por la vida de este teórico y político revolucionario ucraniano, podemos recordar que fue uno de los protagonistas de la Revolución Bolchevique de 1917, que negoció la retirada de Rusia de la Primera Guerra Mundial, que creó el Ejercito Rojo venciendo a las fuerzas contrarrevolucionarias y que sufrió numerosos exilios.
La primera vez, por su militancia antizarista, fue desterrado a Siberia por el Régimen. En 1905, al organizar el primer soviet de San Petersburgo y convertirse en un dirigente principal, fracasa la Revolución y el zarismo lo envía nuevamente a Siberia. Cuando Stalin toma el poder en 1924, la facción estalinista comienza a acusar a Trotsky de hacer movidas contrarrevolucionarias y de violar la disciplina del Partido. Primero fue deportado a Kazajistán y en 1929 fue expulsado de la Unión Soviética.
A partir de su expulsión, la dirección de Stalin comienza a cuestionar la figura de Trotsky haciéndolo aparecer como un traidor a la Revolución, e incluso llegan a borrarlo de fotos históricas donde sale junto a Lenin en un discurso y en algunas otras tomas famosas. En el exilio Trotsky empieza su propaganda antiestalinista, sin ahorrarse críticas contra su antiguo compañero de Comité.
Con Trotsky en Noruega y los procesos de Moscú pisándole los talones (ya habían sido fusilados Zinoviev y Kamenev) el pintor Diego Rivera (militante trotskista en esa época) y el fundador del Partido Comunista Mexicano, Octavio Fernandez Vilchis, gestionaron ante el presidente Lázaro Cárdenas el asilo del revolucionario soviético. La deportación de Trotsky a Moscú ya casi era un hecho, y no había gobierno en el mundo que quisiera recibirlo.
El 10 de diciembre de 1936, con el estallido de la Guerra Civil Española, Trotsky y su mujer Natalia se embarcaron en un buque noruego rumbo a México, donde arribaron la mañana del 9 de enero de 1937. Allí lo esperaba una comisión de la que formaba parte Frida Kahlo, esposa de Diego Rivera. Trotsky y su mujer llegaron a la Ciudad de México en tren. La GPU, la policía secreta de Stalin, estaba siguiéndole los pasos.
Para esa época ya habían sido asesinados varios de los hijos de Trotsky, y durante su estancia en México en Rusia asesinarían a los que quedaban vivos.
Una vez en México, Frida Kahlo y Diego Rivera le ofrecieron a Trotsky y a su esposa la Casa Azul en el barrio de Coyoacán, hoy llamado Museo de Frida Kahlo (luego vivirían allí la pareja de pintores). Vivieron en esa casa durante más de dos años, hasta la ruptura de relaciones entre el líder Revolucionario y la familia Rivera por cuestiones ideológicas.
Trotsky y su mujer se mudaron a tres cuadras de la casa Azul, rentaron una casa en las orillas del río Churubusco, en las esquinas de las calles Morelos y Viena. Llegaron a esa casa el 5 de mayo de 1939. Allí mandaron a construir torres de vigilancia y una casa para los guardias en el mismo jardín.
En esta casa de la calle Viena es donde Trotsky sufriría dos atentados, uno de los cuales le provocó la muerte. El revolucionario siempre hablaba de la importancia del trabajo manual, de que el hombre debía trabajar con sus manos además de pensar. En la casa de la calle Viena se dedicó a criar gallinas y conejos, y a plantar cactus que recogía en las montañas del valle de México. Le dedicaba horas al cuidado de los animales, y en ocasiones en plena tarea le surgían ideas y teorías que plasmaría en los papeles de su estudio.
El primer atentando fue en mayo del año 1940. Durante una madrugada un grupo de veinte hombres comandados por el pintor David Alfaro Siqueiros (famoso muralista mexicano y militante estanilista) logró entrar en la casa con la ayuda de un doble agente, un guardaespaldas norteamericano de Trotsky, Robert Sheldon Harte. El grupo disparó alrededor de 200 tiros pero no pudieron matar al revolucionario. Todavía se pueden ver los tiros en las paredes de la recámara del matrimonio, que se refugió en una esquina del cuarto, detrás de la cama, salvando sus vidas. El grupo armado además arrojó bombas incendiarias para quemar los papeles de Trotsky, quién estaba escribiendo un libro sobre la verdadera historia de Stalin (en ese entonces desconocida en la mayoría del planeta). Habiendo entrado en esa recámara del museo, y calculando desde donde dispararon los hombres, es difícil pensar como se salvó el matrimonio. El único que resultó herido fue Sieva, el nieto de Trotsky, que en ese tiempo vivía con él. Una bala le rozó el pie.
El propio Siqueiros disparó contra Trotsky, y luego de la ráfaga de balas los guardias repelieron el ataque y los intrusos huyeron, incluido el guardaespaldas traidor.
Luego del ataque Trotsky mandó a tapar varias de las ventanas que daban a la calle, incluso las del comedor que hoy en día siguen como quedaron en aquella época.
Unos meses después, el 20 de agosto de 1940, Trotsky sufrió el segundo y mortal atentado en esa misma casa.
El español Ramón Mercader, cuyo seudónimo era Jaques Mornard, y quién había logrado confianza en el círculo íntimo del revolucionario, entro a la vivienda con una excusa (mostrarle un escrito suyo a Trotsky) y una vez en el estudio le pegó en la cabeza al revolucionario con un piolet (una especie de martillo parecido al que se usa en escaladas). Trotsky, confiado, leía el escrito que Ramón Mercader le había llevado cuando este le pegó en la cabeza. El grito de Trotsky se escuchó en toda la casa.
Trotsky murió al día siguiente tras 19 horas de agonía en un hospital de la Ciudad de México. Cerca de doscientas cincuenta mil personas acompañaron al féretro en su peregrinación por las calles.
Ramón Mercader cumplió veinte años de prisión y Stalin lo condecoró como “Héroe de la Unión Soviética”.
Es de distinguir en esta historia los papeles de los artistas. Esté uno de acuerdo o no con las ideologías, Diego Rivera y David Siqueiros fueron hombres claves en el desarrollo de la historia. Rivera moviendo tierra y cielo para traer al líder revolucionario a México, Siqueiros empuñando un arma en nombre del estalinismo, comandando un grupo de veinte hombres. El arte y la toma de partido iban de la mano, inseparables.
sábado, marzo 28, 2009
jueves, marzo 26, 2009
Santiago de Cuba – Volumen 3
Como dije antes, Santiago es el símbolo del oriente cubano, su gente tiene fama de ser hospitalaria y se dice que bastan dos palabras para estar conversando en el living de la casa de una persona que recién se conoce, tomando ron o café. De estos cubanos de oriente, el occidente de la isla dice que son vagos, que toman ron desde la mañana hasta la noche sin parar.
Caminábamos una tarde por el barrio Tívoli, un barrio aledaño al centro desde donde se alcanzan hermosas vistas hacia las tierras bajas de la ciudad y hacia la bahía. Estábamos sacando fotos a las decoraciones del 50 aniversario de la Revolución que coloreaban la puerta de una casa (Santiago fue la ciudad más decorada con motivos revolucionarios, cada casa tenía una consigna, una bandera de Cuba o del Movimiento 26 de Julio). Encuadrábamos la foto de vereda a vereda cuando desde una ventana a nuestras espaldas nos chistó un matrimonio.
“Oigan, ¿de dónde son?”, “De Argentina”, “¿De Argentina?, ¡de la tierra del che! Pasen por la vueltita que vamos a conversar”, y ahí estábamos en cuestión de segundos en el living de la casa de esta familia. Manuel fue combatiente de la Sierra Maestra, exaltó en nuestra charla todos los logros de la Revolución y las hazañas de esa época. Habló del Che, de Fidel, de Camilo, nos convidaron con café y con vino dulce. Rosario, la mujer de Manuel, Josefina, la hija, y Fátima, la nieta, se reunieron alrededor de nosotros para la charla. Josefina es “protección” (custodia) en el parque Céspedes, el parque central de Santiago. Ella afirmaba que yo era igual a un actor brasilero de telenovela. Manuel nos cuenta que mira mucha televisión argentina, la familia completa se reúne para ver Montaña Rusa. “¿Cómo es eso chico? Esa novela no se termina más”, se escucha la crítica de un Manuel disgustado con tanto vaivén en el guión.
La charla sigue mientras atardece, hablamos de los últimos ciclones que azotaron a la isla y de la solidaridad entre los cubanos para ayudarse unos a otros. Nos despedimos con la idea de pasar otra vez para convidarles un poco de mate, pero los trajines de Santiago nos van a complicar esa cita.
Otro amigo que cosechamos en Santiago es Oscar, el taxista. Se acercó el día de nuestra llegada mientras tomábamos mate en la Plaza Dolores. Aquella vez probó un mate y dijo que le gustó (no se lo notó convencido). Nos habló de cómo los cubanos se dieron maña para atravesar el Periodo Especial (1991-1995). Dijo: “Si tienes hambre no puedes pensar, había que inventar en esa época”. Los cubanos llaman “inventar” a llevar la vida con artimañas y pasar así los momentos difíciles. En ese momento se nos acercaron tres músicos que también querían probar mate. El viejito de la banda sacó la bombilla y le quiso dar un trago como si fuese un ron. Todos le gritamos “!No!” al unísono y abandono, asustado, la tarea.
A Oscar lo cruzaríamos otra vez un par de horas después del año nuevo. Fue ahí mismo en la Plaza Dolores. En esa noche nos contaría de sus infidelidades de joven y de sus actuaciones ante su mujer, no faltaron las escapadas, tirarse de los balcones y demás desventuras amorosas. Según recolectamos información, en Cuba la infidelidad es moneda corriente en todas las edades.
Después de haber pasado un fin de año tan tranquilo fuimos el primero al mediodía a tomar unos mates con pan y a leer el Granma a la Plaza de Marté. Desarrollábamos la estrategia para ver cómo podíamos comer ese feriado donde todo estaba cerrado (y la ciudad tan llena de argentinos), cuando Gabriel fue hasta la panadería y se cruzó con Manolito. “¿Vienen a almorzar de mi padre?”…”Y sí, vamos”…Al rato nos pasó a buscar por la plaza y empezamos la caminata hacia el Reparto Sueño, un barrio que está detrás del cuartel Moncada.
En el camino pasamos a comprar una botella mientras Manolo nos contaba un poco de la historia de su familia. Su abuelo paterno había sido militar de Batista (el dictador que derrocó la Revolución) y sus tíos (hermanos del padre) también. Pero el padre fue fiel a la causa revolucionaria y luchó junto a Fidel. En Santiago es común encontrar ex combatientes, guerrilleros de la Revolución
Llegamos a la casa, en ese barrio (como en muchos barrios de ciudades cubanas) se juega al dominó en las calles, los jóvenes sacan los parlantes a la vereda y escuchan reggaeton a todo volumen.
Entramos a la casa y encontramos al hermano de Manolo, a la novia del hermano y al padre. En el living estaban colgadas las fotos del abuelo en su época de militar, y la foto de un tío que lucho contra la Revolución. Hay música de fondo y el ron no tarda en empezar a circular. Al rato, entre la salsa de la Charanga Habanera y las bachatas de Juan Luis Guerra, llegó la comida: congrí, plátano frito y huevo. Manolo se acercó a charlar sobre la Revolución y repitió lo de la otra noche y fue algo que escuchamos muchas veces de boca de los cubanos: la Independencia de Cuba y la Revolución se ganaron gracias a la unidad, el concepto martiano de que hay que unirse con objetivos en común para poder vencer al enemigo.
Antes de irnos, mientras Nano empezaba en la televisión y la música se silenciaba de repente, anotamos los datos de Manolo, tal vez sea posible enviarle una carta de invitación desde Argentina para que pueda visitar a su madre que vive en Miami.
A las cuatro de la tarde emprendimos el camino hacia el Parque Céspedes, a las seis empezaría el discurso de Raúl, el acto central del 50 aniversario de la Revolución.
Como dije antes, Santiago es el símbolo del oriente cubano, su gente tiene fama de ser hospitalaria y se dice que bastan dos palabras para estar conversando en el living de la casa de una persona que recién se conoce, tomando ron o café. De estos cubanos de oriente, el occidente de la isla dice que son vagos, que toman ron desde la mañana hasta la noche sin parar.
Caminábamos una tarde por el barrio Tívoli, un barrio aledaño al centro desde donde se alcanzan hermosas vistas hacia las tierras bajas de la ciudad y hacia la bahía. Estábamos sacando fotos a las decoraciones del 50 aniversario de la Revolución que coloreaban la puerta de una casa (Santiago fue la ciudad más decorada con motivos revolucionarios, cada casa tenía una consigna, una bandera de Cuba o del Movimiento 26 de Julio). Encuadrábamos la foto de vereda a vereda cuando desde una ventana a nuestras espaldas nos chistó un matrimonio.
“Oigan, ¿de dónde son?”, “De Argentina”, “¿De Argentina?, ¡de la tierra del che! Pasen por la vueltita que vamos a conversar”, y ahí estábamos en cuestión de segundos en el living de la casa de esta familia. Manuel fue combatiente de la Sierra Maestra, exaltó en nuestra charla todos los logros de la Revolución y las hazañas de esa época. Habló del Che, de Fidel, de Camilo, nos convidaron con café y con vino dulce. Rosario, la mujer de Manuel, Josefina, la hija, y Fátima, la nieta, se reunieron alrededor de nosotros para la charla. Josefina es “protección” (custodia) en el parque Céspedes, el parque central de Santiago. Ella afirmaba que yo era igual a un actor brasilero de telenovela. Manuel nos cuenta que mira mucha televisión argentina, la familia completa se reúne para ver Montaña Rusa. “¿Cómo es eso chico? Esa novela no se termina más”, se escucha la crítica de un Manuel disgustado con tanto vaivén en el guión.
La charla sigue mientras atardece, hablamos de los últimos ciclones que azotaron a la isla y de la solidaridad entre los cubanos para ayudarse unos a otros. Nos despedimos con la idea de pasar otra vez para convidarles un poco de mate, pero los trajines de Santiago nos van a complicar esa cita.
Otro amigo que cosechamos en Santiago es Oscar, el taxista. Se acercó el día de nuestra llegada mientras tomábamos mate en la Plaza Dolores. Aquella vez probó un mate y dijo que le gustó (no se lo notó convencido). Nos habló de cómo los cubanos se dieron maña para atravesar el Periodo Especial (1991-1995). Dijo: “Si tienes hambre no puedes pensar, había que inventar en esa época”. Los cubanos llaman “inventar” a llevar la vida con artimañas y pasar así los momentos difíciles. En ese momento se nos acercaron tres músicos que también querían probar mate. El viejito de la banda sacó la bombilla y le quiso dar un trago como si fuese un ron. Todos le gritamos “!No!” al unísono y abandono, asustado, la tarea.
A Oscar lo cruzaríamos otra vez un par de horas después del año nuevo. Fue ahí mismo en la Plaza Dolores. En esa noche nos contaría de sus infidelidades de joven y de sus actuaciones ante su mujer, no faltaron las escapadas, tirarse de los balcones y demás desventuras amorosas. Según recolectamos información, en Cuba la infidelidad es moneda corriente en todas las edades.
Después de haber pasado un fin de año tan tranquilo fuimos el primero al mediodía a tomar unos mates con pan y a leer el Granma a la Plaza de Marté. Desarrollábamos la estrategia para ver cómo podíamos comer ese feriado donde todo estaba cerrado (y la ciudad tan llena de argentinos), cuando Gabriel fue hasta la panadería y se cruzó con Manolito. “¿Vienen a almorzar de mi padre?”…”Y sí, vamos”…Al rato nos pasó a buscar por la plaza y empezamos la caminata hacia el Reparto Sueño, un barrio que está detrás del cuartel Moncada.
En el camino pasamos a comprar una botella mientras Manolo nos contaba un poco de la historia de su familia. Su abuelo paterno había sido militar de Batista (el dictador que derrocó la Revolución) y sus tíos (hermanos del padre) también. Pero el padre fue fiel a la causa revolucionaria y luchó junto a Fidel. En Santiago es común encontrar ex combatientes, guerrilleros de la Revolución
Llegamos a la casa, en ese barrio (como en muchos barrios de ciudades cubanas) se juega al dominó en las calles, los jóvenes sacan los parlantes a la vereda y escuchan reggaeton a todo volumen.
Entramos a la casa y encontramos al hermano de Manolo, a la novia del hermano y al padre. En el living estaban colgadas las fotos del abuelo en su época de militar, y la foto de un tío que lucho contra la Revolución. Hay música de fondo y el ron no tarda en empezar a circular. Al rato, entre la salsa de la Charanga Habanera y las bachatas de Juan Luis Guerra, llegó la comida: congrí, plátano frito y huevo. Manolo se acercó a charlar sobre la Revolución y repitió lo de la otra noche y fue algo que escuchamos muchas veces de boca de los cubanos: la Independencia de Cuba y la Revolución se ganaron gracias a la unidad, el concepto martiano de que hay que unirse con objetivos en común para poder vencer al enemigo.
Antes de irnos, mientras Nano empezaba en la televisión y la música se silenciaba de repente, anotamos los datos de Manolo, tal vez sea posible enviarle una carta de invitación desde Argentina para que pueda visitar a su madre que vive en Miami.
A las cuatro de la tarde emprendimos el camino hacia el Parque Céspedes, a las seis empezaría el discurso de Raúl, el acto central del 50 aniversario de la Revolución.
domingo, febrero 22, 2009
Santiago de Cuba – Volumen 2




Era lunes y estábamos invitados a Radio Rebelde. En esta misma radio, pero en otra ubicación a dos cuadras de la actual, Fidel proclamó el triunfo de la Revolución el 1 de enero de 1959. Esa misma noche dio un discurso a los santiagueros desde el balcón del ayuntamiento en el Parque Céspedes. Lo escuchaba una multitud.
Ese lunes a las siete de la tarde, en un pequeño auditorio tocaría la Orquesta Típica Juventud. Teníamos intriga sobre como nos recibiría Manolo, después de la despedida en medio de la borrachera de la otra noche. Pasamos por el frente de la radio a las siete menos cinco, Manolo nos vio mientras acomodaba unos parlantes. La gente ya estaba entrando a la radio. “¿Por qué no vinieron ayer a la casa?”, nos preguntó Manolo cuando nos vio, de esa invitación nos habíamos olvidado. Fuimos a comer una pizza de parados frente a la Plaza de Marté y volvimos para el show.
Se trataba del programa de radio “Noche tropical”, que sale de lunes a viernes de 19 a 21, y ese día se emitía en vivo. Lo produce Anselmo, “el hombre de los besos tropicales” según la locutora.
La orquesta sonó impecable, entre sones y danzones, la locutora salía de la cabina al escenario, organizaba sorteos y leía mensajes. La orquesta contaba con violín, con vientos, cuatro voces, teclado, bajo y percusión (ahh, y el güiro infaltable!!). Nos preguntaron los nombres a todos los presentes para mandar saludos en vivo, se sortearon discos de la orquesta y un afiche de prevención del HIV que se lo ganó un nene de siete años.
En el teatrito había un alemán, dos portugueses y siete argentinos (mucho número siete), el resto eran cubanos asiduos del programa tropical. La puerta daba a la calle y la gente se detenía a mirar. Fue un lindo show.
Nos despedimos de Manolo y de Anselmo y la noche de lunes siguió en otra plaza.
Atravesando Plaza Dolores vimos a Omar sentado en un banco, el día que lo conocimos en Parque Serrano (íbamos junto a Manolo) él casi ni había hablado. Ahora estaba acompañado por el viejo Tomás, el hombre-ron de Santiago.
Les preguntamos donde podríamos conseguir un poco de ron y Tomás se encargó del .
asunto. Fue la primera petaca de muchas en esa noche
Omar tiene 52 años pero está jubilado por un accidente laboral. Vive con su mujer y con su gallo, Dopito. El mismo Omar, el viejo Tomás y Julio, otro hombre que apareció más tarde, hablaron mal de la Revolución. Pura crítica, y en esos tonos fue el único grupo que nos habló así. Entre otras cosas, esa noche escuchamos que: Raúl es maricón y le dicen “la china” (estábamos a 50 metros del colegio Dolores donde estudiaron por varios años los hermanos Castro), Silvio Rodríguez y Pablo Milanés también son maricones (“pajaritos”, en cubano), que la mujer de Raúl y la hija son lesbianas, que Silvio está casado con la hija de Raúl (pero él es pajarito y ella lesbiana, eh), que la Revolución es una pantalla, que el único con cojones era Camilo Cienfuegos y lo mandaron a matar, que el Che fue una máquina de matar, que Silvio estuvo preso en el UMAP durante los 70, una suerte de campo de concentración para vagos y maricones.
Así fue la charla nocturna, un palo tras otro.
Julio decía que le daba bronca escuchar hablar a los argentinos de la izquierda, sin saber que es la izquierda realmente. Yo le dije lo mismo de la derecha. Durante el resto de la noche tratamos de comparar las ventajas de la Revolución con nuestras desventajas criollas (y las del resto de América Latina). Pero ellos insistían en que los logros que se cuentan son todas mentiras, y que cada vez nacen más niños distróficos en Cuba (a pesar de los últimos números que publicó la UNESCO sobre mortalidad infantil: Cuba aparece en los mejores lugares del mundo y en el primer lugar de América, incluso sobre Canada, con 4.7 muertes sobre mil nacidos, Canada con 5 cada mil, Argentina 14 cada mil, Guatemala 28 cada mil y Haití 60 cada mil).
Sin embargo, siguieron los ataques, ron mediante, al sistema socialista. No hubo caso.
Al parecer Omar estuvo más de una vez preso. Él nos invitó a almorzar a la casa al día siguiente. La noche en la Plaza Dolores terminó con una discusión fuerte entre Omar y el viejo Tomás porque el viejo nos quiso “apurar el trago” para comprar más ron. Omar, desconocido, descargó toda su ira contra el viejo, “que no me guste que se apure el trago”, etc, etc. Discusión de borrachos.
Al día siguiente fuimos a la casa de Omar. Vive en un departamento sin timbre en la esquina céntrica de Enramada (calle Saco) y San Félix. Debíamos llamarlo a los gritos desde la calle, pero una orquesta con órgano sonaba fuerte justo debajo del edificio. Por suerte Omar nos esperaba mezclado entre la multitud de la peatonal y subimos con él.
El edificio parece abandonado. Omar vive con su mujer en un pequeño departamento, juntamos varias sillas en una esquina del edificio, en un primer piso sin uso que tiene ventanales y balcones que dan a las dos calles. En un asiento colocaron un grabador, y al rato estábamos con Omar, Azuley (un vecino) y el viejo Tomás (Omar se disculpó con el viejo por la pelea de la noche anterior). La mujer de Omar cocinaba en el departamento mientras nosotros charlábamos tomando ron y oyendo salsa. Cuba no es país tan machista como cuentan de México, por ejemplo, pero sin embargo hay ocasiones en que uno nota las diferencias de género.
De pronto, Omar fue a buscar a su mejor amigo: el gallo Dopito. Lo quiere como a un hijo. El gallo tiene seis años (“ojalá llegue a 14 o 15 años”, nos dice Omar) y Omar lo besa, lo mima, lo llama y el gallo viene enseguida. El viejo Tomás lo agarra de la cola, lo molesta, y es el único momento de la tarde en que el gallo se inquieta. Cuando Omar se va por un rato y vuelve a su casa, el gallo le picotea los pies como llamándole la atención por su ausencia.
Entre los vasos de ron (yo seguía golpeado del ron de la noche anterior) Omar trajo chicharrón de cerdo y plátano frito (vianda, lo que se convirtió en una de mis comidas favoritas). La conversación fue variando con las horas, mientras el sol avanzaba desde los balcones. Se habló de música, de lo complicado que es en Cuba comer carne de res, del deporte de la isla y las diferencias con el deporte profesional al que estamos acostumbrados. Al fin llegó el plato principal: carne de cerdo con arroz y ensalada.
A las cuatro de la tarde nos despedimos, pero antes visitamos la terraza del edificio, donde en una jaula improvisada había dos chanchitos que esperaban el sacrificio para la cena de año nuevo. Era un 30 diciembre y Omar sentenció: hoy y mañana en Cuba son los días en que los chanchos lloran.
Era lunes y estábamos invitados a Radio Rebelde. En esta misma radio, pero en otra ubicación a dos cuadras de la actual, Fidel proclamó el triunfo de la Revolución el 1 de enero de 1959. Esa misma noche dio un discurso a los santiagueros desde el balcón del ayuntamiento en el Parque Céspedes. Lo escuchaba una multitud.
Ese lunes a las siete de la tarde, en un pequeño auditorio tocaría la Orquesta Típica Juventud. Teníamos intriga sobre como nos recibiría Manolo, después de la despedida en medio de la borrachera de la otra noche. Pasamos por el frente de la radio a las siete menos cinco, Manolo nos vio mientras acomodaba unos parlantes. La gente ya estaba entrando a la radio. “¿Por qué no vinieron ayer a la casa?”, nos preguntó Manolo cuando nos vio, de esa invitación nos habíamos olvidado. Fuimos a comer una pizza de parados frente a la Plaza de Marté y volvimos para el show.
Se trataba del programa de radio “Noche tropical”, que sale de lunes a viernes de 19 a 21, y ese día se emitía en vivo. Lo produce Anselmo, “el hombre de los besos tropicales” según la locutora.
La orquesta sonó impecable, entre sones y danzones, la locutora salía de la cabina al escenario, organizaba sorteos y leía mensajes. La orquesta contaba con violín, con vientos, cuatro voces, teclado, bajo y percusión (ahh, y el güiro infaltable!!). Nos preguntaron los nombres a todos los presentes para mandar saludos en vivo, se sortearon discos de la orquesta y un afiche de prevención del HIV que se lo ganó un nene de siete años.
En el teatrito había un alemán, dos portugueses y siete argentinos (mucho número siete), el resto eran cubanos asiduos del programa tropical. La puerta daba a la calle y la gente se detenía a mirar. Fue un lindo show.
Nos despedimos de Manolo y de Anselmo y la noche de lunes siguió en otra plaza.
Atravesando Plaza Dolores vimos a Omar sentado en un banco, el día que lo conocimos en Parque Serrano (íbamos junto a Manolo) él casi ni había hablado. Ahora estaba acompañado por el viejo Tomás, el hombre-ron de Santiago.
Les preguntamos donde podríamos conseguir un poco de ron y Tomás se encargó del .
asunto. Fue la primera petaca de muchas en esa noche
Omar tiene 52 años pero está jubilado por un accidente laboral. Vive con su mujer y con su gallo, Dopito. El mismo Omar, el viejo Tomás y Julio, otro hombre que apareció más tarde, hablaron mal de la Revolución. Pura crítica, y en esos tonos fue el único grupo que nos habló así. Entre otras cosas, esa noche escuchamos que: Raúl es maricón y le dicen “la china” (estábamos a 50 metros del colegio Dolores donde estudiaron por varios años los hermanos Castro), Silvio Rodríguez y Pablo Milanés también son maricones (“pajaritos”, en cubano), que la mujer de Raúl y la hija son lesbianas, que Silvio está casado con la hija de Raúl (pero él es pajarito y ella lesbiana, eh), que la Revolución es una pantalla, que el único con cojones era Camilo Cienfuegos y lo mandaron a matar, que el Che fue una máquina de matar, que Silvio estuvo preso en el UMAP durante los 70, una suerte de campo de concentración para vagos y maricones.
Así fue la charla nocturna, un palo tras otro.
Julio decía que le daba bronca escuchar hablar a los argentinos de la izquierda, sin saber que es la izquierda realmente. Yo le dije lo mismo de la derecha. Durante el resto de la noche tratamos de comparar las ventajas de la Revolución con nuestras desventajas criollas (y las del resto de América Latina). Pero ellos insistían en que los logros que se cuentan son todas mentiras, y que cada vez nacen más niños distróficos en Cuba (a pesar de los últimos números que publicó la UNESCO sobre mortalidad infantil: Cuba aparece en los mejores lugares del mundo y en el primer lugar de América, incluso sobre Canada, con 4.7 muertes sobre mil nacidos, Canada con 5 cada mil, Argentina 14 cada mil, Guatemala 28 cada mil y Haití 60 cada mil).
Sin embargo, siguieron los ataques, ron mediante, al sistema socialista. No hubo caso.
Al parecer Omar estuvo más de una vez preso. Él nos invitó a almorzar a la casa al día siguiente. La noche en la Plaza Dolores terminó con una discusión fuerte entre Omar y el viejo Tomás porque el viejo nos quiso “apurar el trago” para comprar más ron. Omar, desconocido, descargó toda su ira contra el viejo, “que no me guste que se apure el trago”, etc, etc. Discusión de borrachos.
Al día siguiente fuimos a la casa de Omar. Vive en un departamento sin timbre en la esquina céntrica de Enramada (calle Saco) y San Félix. Debíamos llamarlo a los gritos desde la calle, pero una orquesta con órgano sonaba fuerte justo debajo del edificio. Por suerte Omar nos esperaba mezclado entre la multitud de la peatonal y subimos con él.
El edificio parece abandonado. Omar vive con su mujer en un pequeño departamento, juntamos varias sillas en una esquina del edificio, en un primer piso sin uso que tiene ventanales y balcones que dan a las dos calles. En un asiento colocaron un grabador, y al rato estábamos con Omar, Azuley (un vecino) y el viejo Tomás (Omar se disculpó con el viejo por la pelea de la noche anterior). La mujer de Omar cocinaba en el departamento mientras nosotros charlábamos tomando ron y oyendo salsa. Cuba no es país tan machista como cuentan de México, por ejemplo, pero sin embargo hay ocasiones en que uno nota las diferencias de género.
De pronto, Omar fue a buscar a su mejor amigo: el gallo Dopito. Lo quiere como a un hijo. El gallo tiene seis años (“ojalá llegue a 14 o 15 años”, nos dice Omar) y Omar lo besa, lo mima, lo llama y el gallo viene enseguida. El viejo Tomás lo agarra de la cola, lo molesta, y es el único momento de la tarde en que el gallo se inquieta. Cuando Omar se va por un rato y vuelve a su casa, el gallo le picotea los pies como llamándole la atención por su ausencia.
Entre los vasos de ron (yo seguía golpeado del ron de la noche anterior) Omar trajo chicharrón de cerdo y plátano frito (vianda, lo que se convirtió en una de mis comidas favoritas). La conversación fue variando con las horas, mientras el sol avanzaba desde los balcones. Se habló de música, de lo complicado que es en Cuba comer carne de res, del deporte de la isla y las diferencias con el deporte profesional al que estamos acostumbrados. Al fin llegó el plato principal: carne de cerdo con arroz y ensalada.
A las cuatro de la tarde nos despedimos, pero antes visitamos la terraza del edificio, donde en una jaula improvisada había dos chanchitos que esperaban el sacrificio para la cena de año nuevo. Era un 30 diciembre y Omar sentenció: hoy y mañana en Cuba son los días en que los chanchos lloran.
sábado, febrero 07, 2009
Santiago de Cuba - Volumen 1




Una semana en Santiago de Cuba nos bastó para confirmar eso que dicen de su gente: las personas del oriente cubano son las más conversadoras y simpáticas de la isla. Es así, los habaneros tienen famas de ser hostíles, pero hostíles en el sentido cubano, que no tiene comparación con otras nacionalidades.
Por si fuera poco, Santiago es la cuna de la Revolución y desde allí se gestó gran parte de la hazaña (desde el asalto al cuartél Moncada hasta las palabras de Fidel anunciando el triunfo de los revolucionarios barbudos en la emisora de radio CMFK).
Nuestra vida cotidiana por las calles de Santiago puede resumirse en tres parques, distantes cada uno del otro a tres o cuatro cuadras: Plaza de Marté, Plaza Dolores y el Parque Céspedes (que hasta el primero a la noche estuvo vedado por el discurso de Raúl en el 50 aniversario de la Revolución).
Era el atardecer del sábado 27 de diciembre, tomábamos los últimos mates en un banco de la Plaza de Marté. A un costado, el bullicio de los chicos (los chicos copan las plazas a partir de las seis de la tarde, a diario, en toda la isla) que paseaban en carros tirados por chivos, o en autos gigantes a pedal. Frente a nosotros, cuatro hombres discutían a los gritos sobre baseball (pelota). Al cabo de un rato (en Cuba siempre se acerca alguien para conversar si estás sentado en un banco de plaza), se acercó Manolo Marrero, Manolito, a pedirnos candela, y aprovechó para preguntarnos de dónde éramos ("Ah, de la tierra del Che", respondió). Manolo volvió al grupo de discusión y a los cinco minutos nos llamó para presentarnos a sus amigos. Ahí estaba el director de programación de Radio Rebelde ("es una biblia, una eminencia"), Anselmo (productor de varios programas de la radio) y Manolo (asistente y sonidista). Debajo del banco de plaza, una botella de ron.
La charla fue fluctuando a medida que el ron se acababa. Hablamos de Maradona (sus contradicciones Menem-Che Guevara), de las reglas del baseball (nos sacamos las pocas dudas que acumulamos desde el partido de Camaguey y Las Tunas), de política y de la lucha revolucionaria.
Así llegó la primera invitación: el siguiente lunes a las 19hs en Radio Rebelde, para ver una orquesta típica de son. Aceptamos.
Manolo nos invitó a la casa esa misma noche, y fuimos caminando con él y con Anselmo a lo largo de la calle Aguilera. Pasamos por una barbería y nos paramos a saludar al peluquero-amigo de Manolo. Era el día del barbero y la peluqueria era un descontrol: los peluqueros y peluqueras tomando cerveza y ron dentro del local, bailando con música a todo volumen. "Este es mi peluquero, mi amigo", nos dijo un Manolo entonado, señalando al barbero. El peluquero se acercó después de unos cuantos gritos, se quedó conversando desde la ventana. Gabriel le contó que yo quería cortarme el pelo, "te espero el lunes a partir de las diez de la mañana en esa misma silla", pero luego falté a la cita.
Seguimos camino por Aguilera, en Cuba pasan cosas en cada una de las cuadras y esquinas. Nos detuvimos frente a Radio Rebelde y Anselmó entró apurado a trabajar porque produce el programa que transmite el partido de pelota de Santiago de Cuba. Esa noche se media contra la provincia vecina de Guantánamo.
Arribamos al fin al departamento de Manolo. Subimos los tres pisos oscuros por la escalera y al abrir la puerta de su casa nos recibió "Reina", su perrita de rulos blancos.
Manolo vive solo, está de novio con una mujer que limpiaba en su casa y que vive un piso más abajo. Ella está embarazada. Manolo tiene 45 años, su padre vive en Santiago, en el reparto Sueño, con su hermano mulato (de otra madre) y su cuñada. La madre de Manolo se fue a vivir a Miami hace un par de años, y era actriz. También en Miami vive su hermana y sus tres sobrinos. Manolo, además, tiene tres hijos que viven en distintas partes de Cuba.
Sentados en su living, nos sirvió un par de copas de vino dulce (Don Santiago) y conversamos largo rato.
Nos enseñó la casa, fuimos a la terraza (desde donde se ve una panorámica de la plaza Aguilera), al balcón y hasta arriba del techo, haciendo maniobras peligrosas por las medianeras. Manolo ya estaba bien entonado, y seguiría en esa línea el resto de la noche.
Nos propuso que el 30 de diciembre, cuando nos teníamos que cambiar de casa, vayamos a parar allí, en su departamento. Nos ofrecía un precio bajo y un lugar céntrico. Siempre aclaró que era por amistad, que no tiene permiso para alojar gente.
Estábamos en plena tratativa cuando llegó su novia con una amiga. Manolo le contó de su idea de alojarnos y ella le dijo que era imposible, porque el día del acto del primero de enero (y los días anteriores), la policía cortas las calles aledañas y suben a todos los balcones y terrazas para prevenir cualquier atentado. Si al ingresar al depto. nos preguntaran donde nos alojamos, les causaria un problema, así que descartamos la idea.
Manolo nos invitó el primero de enero a almorzar a la casa de su padre, y esa misma noche de sábado salimos a comer con él (bajo quejas de su mujer y después de mirar las fotos familiares de un álbum que armó su madre antes de irse a vivir a Miami).
Quisimos entrar al Bodegón, frente a Plaza Dolores, pero estaba lleno. En Marilyn tomamos unas cervezas Bucanero porque no había comida, charlamos un poco de música (de Silvio Rodriguez a Montaner, pasando por José José) y terminamos en La Dalia. Gabriel y yo cenamos, Manolo, ya borracho, siguió tomando.
Hablamos de política durante la cena. Él explicaba que la izquierda no triunfó en Argentina porque jamás se unieron bajo un mismo lema y bajo un mismo objetivo, además carecíamos de un lider como Fidel, que además Perón fue un dictador y que la dictadura de Videla y que Nestor Kirchner y bla bla bla.
Gabriel comía, Manolo y yo discutíamos. Una especie de conversación de locos o de borrachos. "¿Y qué hicieron ustedes para salvar al pueblo?", nos recriminaba.
Terminó la cena y siguió la caminata (recuerden que todo esto había empezado unas horas antes mientras tomábamos mate en una plaza).
En otro parquecito nos topamos con otros amigos de Manolo: Carlos, Omar y dos hermanos mulatos (el colorado y el otro), que contaron una batería de chistes. Uno de ellos fue a buscar unas petacas de ron (hay lugares ocultos donde uno lleva el envase vacío y vuelve lleno por diez pesos cubanos).
Me tocó sentarme al lado de Carlitos, un hombre que al parecer fue o es policía. Tiene unos 65 años. Empezó la ronda de chistes sobre maricones e infidelidades. Cada tanto, Carlitos me anotaba su dirección en un papel, calle Rastro 257, para que lo vaya a visitar uno de esos días. Estaba bien borracho el hombre. "Yo los cuido, porque somos amigos", me decía, "sí, sí, amigos", le decía yo, "Tu no entiendes, a-mi-gos", me silabeaba repitiendo. mientras me señalaba el pecho y luego se señalaba su pecho.
Los muchachos, mientras, les decián piropos a las chicas que pasaban frente a la placita. Una de ellas pasó insultando en voz alta, y las hicieron detenerse, haciéndose pasar por policías de civil, "cobrele multa oficial", le decián los amigos a Manolo, que iba al encuentro de las dos mujeres.
Luego, el colorado empezó un chiste (los contaba de parado, haciendo gestos) que insinuaba ser sobre Fidel (hizo el gesto de una barba larga). A modo de broma todos se alejaron un poco, haciéndose los distraídos. El chiste terminó siendo sobre Jesucristo y su loro.
Omar, que tenía puesta la camiseta de Brasil, no dijo ni una palabra en toda la noche. Despues de una hora de chistes y piropos, seguimos camino con Manolo y Gabriel hacia el bar Baturro. Entramos a ese bar para orinar, y una cuadra más adelante intentamos ingresar gratis a la casa de la Trova, el lugar más famoso de Santiago de Cuba para escuchar música en vivo. Pero en la puerta el encargado retó a Manolo por su borrachera ("otra vez en ese estado") y no pudimos entrar.
La comunicación con Manolito, en ese estado en que estaba, se empezó a complicar, y se lo dije. Nos abrazaba y nos hablaba de la vida. Fuimos a duras penas hasta nuestra casa y lo despedimos, con enojos de las dos partes (es que andaba pesado pesado ya). A los cinco minutos volvimos a salir hacia la casa de la Trova y entramos gratis nomás. A Manolo lo cruzaríamos varias veces en el resto de nuestra estadía en Santiago.
A la salida de la casa de la Trova le pregunté a un hombre, señalando el Parque Céspedes: "¿Vendrá Fidel?". "No", me dijo, bien rotundo, "tienen que empezar a surgir dirigentes jóvenes".
Y nos fuimos a dormir.
Una semana en Santiago de Cuba nos bastó para confirmar eso que dicen de su gente: las personas del oriente cubano son las más conversadoras y simpáticas de la isla. Es así, los habaneros tienen famas de ser hostíles, pero hostíles en el sentido cubano, que no tiene comparación con otras nacionalidades.
Por si fuera poco, Santiago es la cuna de la Revolución y desde allí se gestó gran parte de la hazaña (desde el asalto al cuartél Moncada hasta las palabras de Fidel anunciando el triunfo de los revolucionarios barbudos en la emisora de radio CMFK).
Nuestra vida cotidiana por las calles de Santiago puede resumirse en tres parques, distantes cada uno del otro a tres o cuatro cuadras: Plaza de Marté, Plaza Dolores y el Parque Céspedes (que hasta el primero a la noche estuvo vedado por el discurso de Raúl en el 50 aniversario de la Revolución).
Era el atardecer del sábado 27 de diciembre, tomábamos los últimos mates en un banco de la Plaza de Marté. A un costado, el bullicio de los chicos (los chicos copan las plazas a partir de las seis de la tarde, a diario, en toda la isla) que paseaban en carros tirados por chivos, o en autos gigantes a pedal. Frente a nosotros, cuatro hombres discutían a los gritos sobre baseball (pelota). Al cabo de un rato (en Cuba siempre se acerca alguien para conversar si estás sentado en un banco de plaza), se acercó Manolo Marrero, Manolito, a pedirnos candela, y aprovechó para preguntarnos de dónde éramos ("Ah, de la tierra del Che", respondió). Manolo volvió al grupo de discusión y a los cinco minutos nos llamó para presentarnos a sus amigos. Ahí estaba el director de programación de Radio Rebelde ("es una biblia, una eminencia"), Anselmo (productor de varios programas de la radio) y Manolo (asistente y sonidista). Debajo del banco de plaza, una botella de ron.
La charla fue fluctuando a medida que el ron se acababa. Hablamos de Maradona (sus contradicciones Menem-Che Guevara), de las reglas del baseball (nos sacamos las pocas dudas que acumulamos desde el partido de Camaguey y Las Tunas), de política y de la lucha revolucionaria.
Así llegó la primera invitación: el siguiente lunes a las 19hs en Radio Rebelde, para ver una orquesta típica de son. Aceptamos.
Manolo nos invitó a la casa esa misma noche, y fuimos caminando con él y con Anselmo a lo largo de la calle Aguilera. Pasamos por una barbería y nos paramos a saludar al peluquero-amigo de Manolo. Era el día del barbero y la peluqueria era un descontrol: los peluqueros y peluqueras tomando cerveza y ron dentro del local, bailando con música a todo volumen. "Este es mi peluquero, mi amigo", nos dijo un Manolo entonado, señalando al barbero. El peluquero se acercó después de unos cuantos gritos, se quedó conversando desde la ventana. Gabriel le contó que yo quería cortarme el pelo, "te espero el lunes a partir de las diez de la mañana en esa misma silla", pero luego falté a la cita.
Seguimos camino por Aguilera, en Cuba pasan cosas en cada una de las cuadras y esquinas. Nos detuvimos frente a Radio Rebelde y Anselmó entró apurado a trabajar porque produce el programa que transmite el partido de pelota de Santiago de Cuba. Esa noche se media contra la provincia vecina de Guantánamo.
Arribamos al fin al departamento de Manolo. Subimos los tres pisos oscuros por la escalera y al abrir la puerta de su casa nos recibió "Reina", su perrita de rulos blancos.
Manolo vive solo, está de novio con una mujer que limpiaba en su casa y que vive un piso más abajo. Ella está embarazada. Manolo tiene 45 años, su padre vive en Santiago, en el reparto Sueño, con su hermano mulato (de otra madre) y su cuñada. La madre de Manolo se fue a vivir a Miami hace un par de años, y era actriz. También en Miami vive su hermana y sus tres sobrinos. Manolo, además, tiene tres hijos que viven en distintas partes de Cuba.
Sentados en su living, nos sirvió un par de copas de vino dulce (Don Santiago) y conversamos largo rato.
Nos enseñó la casa, fuimos a la terraza (desde donde se ve una panorámica de la plaza Aguilera), al balcón y hasta arriba del techo, haciendo maniobras peligrosas por las medianeras. Manolo ya estaba bien entonado, y seguiría en esa línea el resto de la noche.
Nos propuso que el 30 de diciembre, cuando nos teníamos que cambiar de casa, vayamos a parar allí, en su departamento. Nos ofrecía un precio bajo y un lugar céntrico. Siempre aclaró que era por amistad, que no tiene permiso para alojar gente.
Estábamos en plena tratativa cuando llegó su novia con una amiga. Manolo le contó de su idea de alojarnos y ella le dijo que era imposible, porque el día del acto del primero de enero (y los días anteriores), la policía cortas las calles aledañas y suben a todos los balcones y terrazas para prevenir cualquier atentado. Si al ingresar al depto. nos preguntaran donde nos alojamos, les causaria un problema, así que descartamos la idea.
Manolo nos invitó el primero de enero a almorzar a la casa de su padre, y esa misma noche de sábado salimos a comer con él (bajo quejas de su mujer y después de mirar las fotos familiares de un álbum que armó su madre antes de irse a vivir a Miami).
Quisimos entrar al Bodegón, frente a Plaza Dolores, pero estaba lleno. En Marilyn tomamos unas cervezas Bucanero porque no había comida, charlamos un poco de música (de Silvio Rodriguez a Montaner, pasando por José José) y terminamos en La Dalia. Gabriel y yo cenamos, Manolo, ya borracho, siguió tomando.
Hablamos de política durante la cena. Él explicaba que la izquierda no triunfó en Argentina porque jamás se unieron bajo un mismo lema y bajo un mismo objetivo, además carecíamos de un lider como Fidel, que además Perón fue un dictador y que la dictadura de Videla y que Nestor Kirchner y bla bla bla.
Gabriel comía, Manolo y yo discutíamos. Una especie de conversación de locos o de borrachos. "¿Y qué hicieron ustedes para salvar al pueblo?", nos recriminaba.
Terminó la cena y siguió la caminata (recuerden que todo esto había empezado unas horas antes mientras tomábamos mate en una plaza).
En otro parquecito nos topamos con otros amigos de Manolo: Carlos, Omar y dos hermanos mulatos (el colorado y el otro), que contaron una batería de chistes. Uno de ellos fue a buscar unas petacas de ron (hay lugares ocultos donde uno lleva el envase vacío y vuelve lleno por diez pesos cubanos).
Me tocó sentarme al lado de Carlitos, un hombre que al parecer fue o es policía. Tiene unos 65 años. Empezó la ronda de chistes sobre maricones e infidelidades. Cada tanto, Carlitos me anotaba su dirección en un papel, calle Rastro 257, para que lo vaya a visitar uno de esos días. Estaba bien borracho el hombre. "Yo los cuido, porque somos amigos", me decía, "sí, sí, amigos", le decía yo, "Tu no entiendes, a-mi-gos", me silabeaba repitiendo. mientras me señalaba el pecho y luego se señalaba su pecho.
Los muchachos, mientras, les decián piropos a las chicas que pasaban frente a la placita. Una de ellas pasó insultando en voz alta, y las hicieron detenerse, haciéndose pasar por policías de civil, "cobrele multa oficial", le decián los amigos a Manolo, que iba al encuentro de las dos mujeres.
Luego, el colorado empezó un chiste (los contaba de parado, haciendo gestos) que insinuaba ser sobre Fidel (hizo el gesto de una barba larga). A modo de broma todos se alejaron un poco, haciéndose los distraídos. El chiste terminó siendo sobre Jesucristo y su loro.
Omar, que tenía puesta la camiseta de Brasil, no dijo ni una palabra en toda la noche. Despues de una hora de chistes y piropos, seguimos camino con Manolo y Gabriel hacia el bar Baturro. Entramos a ese bar para orinar, y una cuadra más adelante intentamos ingresar gratis a la casa de la Trova, el lugar más famoso de Santiago de Cuba para escuchar música en vivo. Pero en la puerta el encargado retó a Manolo por su borrachera ("otra vez en ese estado") y no pudimos entrar.
La comunicación con Manolito, en ese estado en que estaba, se empezó a complicar, y se lo dije. Nos abrazaba y nos hablaba de la vida. Fuimos a duras penas hasta nuestra casa y lo despedimos, con enojos de las dos partes (es que andaba pesado pesado ya). A los cinco minutos volvimos a salir hacia la casa de la Trova y entramos gratis nomás. A Manolo lo cruzaríamos varias veces en el resto de nuestra estadía en Santiago.
A la salida de la casa de la Trova le pregunté a un hombre, señalando el Parque Céspedes: "¿Vendrá Fidel?". "No", me dijo, bien rotundo, "tienen que empezar a surgir dirigentes jóvenes".
Y nos fuimos a dormir.
sábado, enero 31, 2009
Baseball: Camaguey VS Las Tunas


Eran las ocho de la noche del día de Navidad, un 25 de diciembre. Decidimos ir a ver un partido de pelota (baseball) en Camaguey. La pelota es el deporte nacional de Cuba, el más masivo. En las calles se ven chicos jugando con palos, bates, latas haciendo de pelotas, chapitas de cerveza o de gaseosas. Juegan en los baldíos, en las escuelas y, por supuesto, los estadios se llenan (la entrada cuesta un peso cubano, es decir, la vigésimo cuarta parte de un dólar).
La liga cuenta con 16 equipos, uno por cada provincia más dos equipos de la ciudad de La Habana, Metropolitanos y el múltiple campeón, Industriales.
Como todo en la isla, la liga se divide entre oriente y occidente. Los ganadores de cada zona juegan playoff con los de la otra, en un sistema de eliminación directa hasta llegar a la final. Al parecer la final más popular es Santiago de Cuba (del oriente) contra Industriales (del occidente habanero). La gente de oriente se queja porque dicen que la zona oriental es mucho más pareja, y que Industriales no tiene casi competencia en el occidente, llegando siempre a las finales sin sobresaltos.
Divisamos el estadio “Candido González” de Camaguey, frente a la plaza de la Revolución. Sacamos la entrada y subimos las escaleras oscuras, como en todo estadio. Llegamos justo cuando empezaba el duelo entre Camaguey y su provincia vecina (y más oriental): Las Tunas. Camaguey de blanco y azul, Las Tunas de verde y naranja.
En la liga se disputan subseries de tres partidos, en general juegan martes-miercoles-jueves, sin parar. Camaguey y Las Tunas iban 1 a 1 en partidos ganados, y ese jueves navideño se definía la subserie. Nos acomodamos a mitad de tribuna, el estadio estaba lleno en sus tres cuartos de capacidad. Al lado nuestro un hombre, botella de ron en mano, nos explicaba que el de la foto, al lado del cartel del resultado, era el mismo Cándido González, un hijo ilustre de la ciudad, revolucionario camagueyano, fundador del mítico Movimiento 26 de Julio.
La voz del estadio (una voz con acento de relator antiguo, de esos de los años 50) anunciaba el nuevo bateador. Nosotros comíamos un bocadillo de jamón y queso mientras descifrábamos las pocas reglas que nos quedaban por entender. “Yo no entiendo este deporte, la gente está quieta todo el tiempo y todos se ponen a gritar cuando la pelota está se va afuera de la cancha. Es de locos”, nos contaría Marrero en La Habana, unas semanas después, de esa conclusión sobre el juego de pelota de una amiga suya, europea.
Se escuchaba, en el estadio, una batucada. Sonaba todo el tiempo, sin parar, a veces se oían trompetas y otros vientos. El público, por lo general, es solamente local, y se nota por los momentos de festejos y los momentos de quietud y silencio. Cuando cambia el equipo que batea, en ese pequeño entretiempo, se escuchaba música desde los altoparlantes del estadio: pura salsa. La gente bailaba en las tribunas.
Nos movimos, en uno de esos entretiempos, al escalón más alto de las gradas. Todas las tribunas son una gran popular, con escalones gigantescos para sentarse. Las tribunas cubren los tres sectores que están a la espalda del bateador, del lado del frente hay un paredón que divide el estadio de la calle, y en el medio, el cartel mecánico de los resultados y las estadísticas, coronado por la inmensa foto de Cándido González. Arriba las luces del estadio y al fondo los edificios más altos de la ciuda de Camaguey.
Desde lo alto, mientras el equipo local anotaba dos carreras, pudimos sacar algunas fotos. Recorrían las tribunas los vendedores de golosinas, de maní y de bocadillos. En el estadio se encontraban familias enteras viendo el partido, parejitas, y hasta chicas muy arregladas, como para salir de noche.
Hubo ciertas cosas del folklore cubano de la pelota que no entendimos. En ocasiones la gente se paraba, la tribuna completa, y gritaban todos juntos mirando a un sector de la tribuna que no alcanzábamos a distinguir. No sabíamos si se trataba de algún famoso, de una simple pelea de tribuna o qué. También sucedía que, de tanto en tanto, se escuchaba un sirena a todo volumen dentro del estadio. La gente como si nada, así que debería ser algo normal.
En la cancha todo seguía igual, Camaguey siempre arriba, Las Tunas no amagaba siquiera a anotar una carrera y los “in” iban pasando y pasando (se juega a 9 “ins”).
De pronto, lo más esperado en un partido de pelota: ¡un jonrón! (homerun en inglés). El bateador de Camaguey arrojó la pelota hacia fuera del estadio, y su equipo anotó tres carreras más.
Ya con el resultado de 5 a 0, era un partido liquidado.
Salimos del estadio poco antes de la medianoche, después de más de tres horas de intenso cubanismo y anotaciones camagüeyanas. Las sombras de los grupitos de jóvenes que salían del estadio iban poblando las callecitas del centro histórico, y enredado, de la ciudad. Las conversaciones hacían eco entre los edificios viejos y la noche.


Eran las ocho de la noche del día de Navidad, un 25 de diciembre. Decidimos ir a ver un partido de pelota (baseball) en Camaguey. La pelota es el deporte nacional de Cuba, el más masivo. En las calles se ven chicos jugando con palos, bates, latas haciendo de pelotas, chapitas de cerveza o de gaseosas. Juegan en los baldíos, en las escuelas y, por supuesto, los estadios se llenan (la entrada cuesta un peso cubano, es decir, la vigésimo cuarta parte de un dólar).
La liga cuenta con 16 equipos, uno por cada provincia más dos equipos de la ciudad de La Habana, Metropolitanos y el múltiple campeón, Industriales.
Como todo en la isla, la liga se divide entre oriente y occidente. Los ganadores de cada zona juegan playoff con los de la otra, en un sistema de eliminación directa hasta llegar a la final. Al parecer la final más popular es Santiago de Cuba (del oriente) contra Industriales (del occidente habanero). La gente de oriente se queja porque dicen que la zona oriental es mucho más pareja, y que Industriales no tiene casi competencia en el occidente, llegando siempre a las finales sin sobresaltos.
Divisamos el estadio “Candido González” de Camaguey, frente a la plaza de la Revolución. Sacamos la entrada y subimos las escaleras oscuras, como en todo estadio. Llegamos justo cuando empezaba el duelo entre Camaguey y su provincia vecina (y más oriental): Las Tunas. Camaguey de blanco y azul, Las Tunas de verde y naranja.
En la liga se disputan subseries de tres partidos, en general juegan martes-miercoles-jueves, sin parar. Camaguey y Las Tunas iban 1 a 1 en partidos ganados, y ese jueves navideño se definía la subserie. Nos acomodamos a mitad de tribuna, el estadio estaba lleno en sus tres cuartos de capacidad. Al lado nuestro un hombre, botella de ron en mano, nos explicaba que el de la foto, al lado del cartel del resultado, era el mismo Cándido González, un hijo ilustre de la ciudad, revolucionario camagueyano, fundador del mítico Movimiento 26 de Julio.
La voz del estadio (una voz con acento de relator antiguo, de esos de los años 50) anunciaba el nuevo bateador. Nosotros comíamos un bocadillo de jamón y queso mientras descifrábamos las pocas reglas que nos quedaban por entender. “Yo no entiendo este deporte, la gente está quieta todo el tiempo y todos se ponen a gritar cuando la pelota está se va afuera de la cancha. Es de locos”, nos contaría Marrero en La Habana, unas semanas después, de esa conclusión sobre el juego de pelota de una amiga suya, europea.
Se escuchaba, en el estadio, una batucada. Sonaba todo el tiempo, sin parar, a veces se oían trompetas y otros vientos. El público, por lo general, es solamente local, y se nota por los momentos de festejos y los momentos de quietud y silencio. Cuando cambia el equipo que batea, en ese pequeño entretiempo, se escuchaba música desde los altoparlantes del estadio: pura salsa. La gente bailaba en las tribunas.
Nos movimos, en uno de esos entretiempos, al escalón más alto de las gradas. Todas las tribunas son una gran popular, con escalones gigantescos para sentarse. Las tribunas cubren los tres sectores que están a la espalda del bateador, del lado del frente hay un paredón que divide el estadio de la calle, y en el medio, el cartel mecánico de los resultados y las estadísticas, coronado por la inmensa foto de Cándido González. Arriba las luces del estadio y al fondo los edificios más altos de la ciuda de Camaguey.
Desde lo alto, mientras el equipo local anotaba dos carreras, pudimos sacar algunas fotos. Recorrían las tribunas los vendedores de golosinas, de maní y de bocadillos. En el estadio se encontraban familias enteras viendo el partido, parejitas, y hasta chicas muy arregladas, como para salir de noche.
Hubo ciertas cosas del folklore cubano de la pelota que no entendimos. En ocasiones la gente se paraba, la tribuna completa, y gritaban todos juntos mirando a un sector de la tribuna que no alcanzábamos a distinguir. No sabíamos si se trataba de algún famoso, de una simple pelea de tribuna o qué. También sucedía que, de tanto en tanto, se escuchaba un sirena a todo volumen dentro del estadio. La gente como si nada, así que debería ser algo normal.
En la cancha todo seguía igual, Camaguey siempre arriba, Las Tunas no amagaba siquiera a anotar una carrera y los “in” iban pasando y pasando (se juega a 9 “ins”).
De pronto, lo más esperado en un partido de pelota: ¡un jonrón! (homerun en inglés). El bateador de Camaguey arrojó la pelota hacia fuera del estadio, y su equipo anotó tres carreras más.
Ya con el resultado de 5 a 0, era un partido liquidado.
Salimos del estadio poco antes de la medianoche, después de más de tres horas de intenso cubanismo y anotaciones camagüeyanas. Las sombras de los grupitos de jóvenes que salían del estadio iban poblando las callecitas del centro histórico, y enredado, de la ciudad. Las conversaciones hacían eco entre los edificios viejos y la noche.
El primer viaje en tren: de Ciego de Ávila a Camaguey


El único coche motor salía de la estación de Morón a las 12.50 del mediodía. Recorría la provincia hasta Ciego de Ávila y luego seguiría camino a Camaguey. Queríamos viajar en tren y era una buena oportunidad, emulando además la canción de Silvio, esa que dice que va a visitar a un amigo camagüeyano en el tren, atravesando valles y poblaciones desconocidas hasta entonces para el trovador.
Cuando llegamos a la ventanilla de la estación de Morón para sacar el pasaje, un hall inmenso y antiguo, vieron los pasaportes y nos enteramos de que en esa estación ya no tenían licencia para vender pasajes en divisas, y con pasaporte uno no puede comprar pasajes en moneda nacional. Insistíamos, mientras comíamos unos chupa-chupa, y llevaron a Gabriel a conversar con el encargado de todos los conductores de ferrocarril de esa sección. Pero Coco era imperturbable en sus deberes y no nos dejó subir al trencito.
Tomamos un micro hasta Ciego de Ávila, la capital de la provincia, por dos pesos cubanos. Íbamos sin esperanza de llegar en tren a Camaguey. Generalmente en las ciudades, las estaciones de ferrocarril y las terminales de buses intermunicipales están una al lado de la otra. Por el momento no salían camiones ni buses a Camaguey, había que esperar, pero los guardas de la estación de tren de Ciego nos dejaron pasar al andén (el trencito, el coche motor que salió de Morón llegaría en media hora). Algún cubano debería comprarnos los dos boletos con un par de carnet de identidad nacionales. Un amigo de los guardas se ofreció, consiguió otro carnet (de una mujer) y nos compró los tickets (3.50 pesos cubanos cada uno, o sea, 0.45 centavos de peso argentino).
El hombre no quiso ni siquiera que le paguemos, así que le dejamos de recuerdo un pin de Argentina, por el lindo gesto.
Pasamos al andén donde el sol, ya casi el solcito fuerte del oriente cubano, nos partía al medio.
Llegó el tren y casi lo perdemos por el antojo de pizza de Gabriel, a último momento. Estuvimos a punto de llamarlo por los altoparlantes de la estación.
Subimos a las 2 de la tarde. EL coche motor es un solo vagón moderno, similar a los trenes que hasta hace unos meses hacían el recorrido de Retiro a Rosario, sin locomotora. En el tren había kiosko y un vendedor circulaba con galletas y golosinas. No había asientos disponibles, así que nos sentamos adelante, sobre las mochilas.
En el tren era cuestión de minutos empezar a conversar con algún cubano. Un hombre y una mujer alternaron preguntas: él me hablaba de fútbol, de la final entre Tigre y Boca, de los jugadores argentinos en Europa, de que nos hacía falta un buen arquero (le gustaba Ustari pero anda lesionado). Ella me hablaba de sus vacaciones, estaban volviendo de unos días de playa, me hablaba de la educación cubana, de Argentina. Eran novios pero se bajaron en estaciones distintas.
Atardecía, el tren atravesaba Baraguá, Piedrecitas, Céspedes, Estrella, Florida y Algarrobo. El ayudante del maquinista bajaba de a ratos para operar los cruces de vías, los desvíos, todos manuales. El tren avanzaba y lo esperaba unos metros adelante, el operador de las vías subía nuevamente y el tren arrancaba.
Entrando a Céspedes detuvieron el tren unos doscientos metros antes del andén. “¿Por qué paran aquí que no hay andén, chico?”, preguntaba alguno de los pasajeros que formaba la fila para descender. “Es que venimos adelantados y vamos a tomar un poquito de guarapo”, respondió uno de los responsables del tren, mientras se bajaba con una botella vacía para cargarla de guarapo (bebida alcohólica en base a caña de azúcar fermentada) en alguna casa amiga del pueblo de Céspedes.
Así fue que diez minutos después el tren avanzó los doscientos metros hasta el andén y los pasajeros descendieron al fin.
Ya casi no había sol, el tren tuve que detenerse en varias ocasiones para dejar pasar a los convoyes nacionales, de muchísimos vagones, que iban hacia La Habana. Tocaba sacar la cabeza por la ventanilla, en cada espera, y aspirar el airecito de la tarde-noche en los valles centrales de Cuba.
Entramos a Camaguey, como canta Silvio, al anochecer.


El único coche motor salía de la estación de Morón a las 12.50 del mediodía. Recorría la provincia hasta Ciego de Ávila y luego seguiría camino a Camaguey. Queríamos viajar en tren y era una buena oportunidad, emulando además la canción de Silvio, esa que dice que va a visitar a un amigo camagüeyano en el tren, atravesando valles y poblaciones desconocidas hasta entonces para el trovador.
Cuando llegamos a la ventanilla de la estación de Morón para sacar el pasaje, un hall inmenso y antiguo, vieron los pasaportes y nos enteramos de que en esa estación ya no tenían licencia para vender pasajes en divisas, y con pasaporte uno no puede comprar pasajes en moneda nacional. Insistíamos, mientras comíamos unos chupa-chupa, y llevaron a Gabriel a conversar con el encargado de todos los conductores de ferrocarril de esa sección. Pero Coco era imperturbable en sus deberes y no nos dejó subir al trencito.
Tomamos un micro hasta Ciego de Ávila, la capital de la provincia, por dos pesos cubanos. Íbamos sin esperanza de llegar en tren a Camaguey. Generalmente en las ciudades, las estaciones de ferrocarril y las terminales de buses intermunicipales están una al lado de la otra. Por el momento no salían camiones ni buses a Camaguey, había que esperar, pero los guardas de la estación de tren de Ciego nos dejaron pasar al andén (el trencito, el coche motor que salió de Morón llegaría en media hora). Algún cubano debería comprarnos los dos boletos con un par de carnet de identidad nacionales. Un amigo de los guardas se ofreció, consiguió otro carnet (de una mujer) y nos compró los tickets (3.50 pesos cubanos cada uno, o sea, 0.45 centavos de peso argentino).
El hombre no quiso ni siquiera que le paguemos, así que le dejamos de recuerdo un pin de Argentina, por el lindo gesto.
Pasamos al andén donde el sol, ya casi el solcito fuerte del oriente cubano, nos partía al medio.
Llegó el tren y casi lo perdemos por el antojo de pizza de Gabriel, a último momento. Estuvimos a punto de llamarlo por los altoparlantes de la estación.
Subimos a las 2 de la tarde. EL coche motor es un solo vagón moderno, similar a los trenes que hasta hace unos meses hacían el recorrido de Retiro a Rosario, sin locomotora. En el tren había kiosko y un vendedor circulaba con galletas y golosinas. No había asientos disponibles, así que nos sentamos adelante, sobre las mochilas.
En el tren era cuestión de minutos empezar a conversar con algún cubano. Un hombre y una mujer alternaron preguntas: él me hablaba de fútbol, de la final entre Tigre y Boca, de los jugadores argentinos en Europa, de que nos hacía falta un buen arquero (le gustaba Ustari pero anda lesionado). Ella me hablaba de sus vacaciones, estaban volviendo de unos días de playa, me hablaba de la educación cubana, de Argentina. Eran novios pero se bajaron en estaciones distintas.
Atardecía, el tren atravesaba Baraguá, Piedrecitas, Céspedes, Estrella, Florida y Algarrobo. El ayudante del maquinista bajaba de a ratos para operar los cruces de vías, los desvíos, todos manuales. El tren avanzaba y lo esperaba unos metros adelante, el operador de las vías subía nuevamente y el tren arrancaba.
Entrando a Céspedes detuvieron el tren unos doscientos metros antes del andén. “¿Por qué paran aquí que no hay andén, chico?”, preguntaba alguno de los pasajeros que formaba la fila para descender. “Es que venimos adelantados y vamos a tomar un poquito de guarapo”, respondió uno de los responsables del tren, mientras se bajaba con una botella vacía para cargarla de guarapo (bebida alcohólica en base a caña de azúcar fermentada) en alguna casa amiga del pueblo de Céspedes.
Así fue que diez minutos después el tren avanzó los doscientos metros hasta el andén y los pasajeros descendieron al fin.
Ya casi no había sol, el tren tuve que detenerse en varias ocasiones para dejar pasar a los convoyes nacionales, de muchísimos vagones, que iban hacia La Habana. Tocaba sacar la cabeza por la ventanilla, en cada espera, y aspirar el airecito de la tarde-noche en los valles centrales de Cuba.
Entramos a Camaguey, como canta Silvio, al anochecer.
miércoles, enero 28, 2009
Un viaje dominical desde Remedios a Morón (o “viajar en Cuba es lindo aunque no lo parezca”)





Nos sentamos bajo la sombra de un árbol, en la entrada de Remedios, a esperar la guagua de Astro que recorre el trayecto desde La Habana a Yaguajay. Es que ya sabíamos de entrada que este viajecito de 100km íbamos a tener que hacerlo de a tramos, y los domingos el transporte se complica, mucho más si no es por la ruta central de la isla.
Sobre esa guagua dominguera existieron opiniones encontradas: en la terminal de Remedios nos dieron una hora, Nélida, la señora de la casa donde nos hospedamos, nos dijo otro horario, y por teléfono desde la terminal de buses de Caibarién otra hora distinta. Con esos datos fuimos a sentarnos bajo al árbol.
Queríamos llegar ese mismo domingo, 21 de diciembre de 2008, a Morón, y sin pagar un solo peso en divisas.
Cuando vimos que la guagua llegó a tiempo (un micro chino nuevito y con aire acondicionado) lo corrimos y subimos a sentarnos en los dos últimos asientos disponibles. La cosa empezaba bien.
Pasamos por Caibarién y luego fuimos directo a Yaguajay, completando el tramo de los primeros 50 km, y recordando a partir de ese instante que cualquier distancia en Cuba es lejos.
En Yaguajay debíamos esperar una hora en la terminal hasta que saliese un camión a Mayajigua, 23 km más allá. Acá el trayecto se empezaba a balcanizar, no tuvimos en cuenta esa parada al comienzo del itinerario. Durante esa espera conocimos a dos señoras, dos hermanas antagónicas que viajaban a un pueblo cercano a Chambas, y anterior a Morón, nuestro destino final. Esas hermanas luego nos darían una gran ayuda para avanzar. Una de ellas, todavía en la terminal de Yaguajay, se acercó a nosotros con un chupetín para cada uno, “para que se diviertan hasta que salga el camión”, nos dijo con mirada de tía.
Subimos al camión a la una del mediodía. Ese camión reemplazó aquél domingo a la guagua habitual, que estaba rota. En cada parada tocaba gritarle a los distraídos: “Esta es la guagua”, porque esperaban un micro y no ese camión con asientitos.
Llegamos a Mayajigua, un pueblito mínimo en el medio de un valle verde repleto de estribaciones, palmas, platanales y típicas casas de campo tropicales (coloridas, de madera, y con lindas galerías en las entradas y a los costados). Preguntamos en la terminal y fueron claros: “hoy no hay nada para Chambas”. Eran las dos de la tarde.
Escuchamos que las dos hermanas pararon una carreta. Nos llamaron para que subamos, era la única manera de salir de ese pueblito. “Sino se quedan empacadados (varados) en Mayajigua”, nos dijeron.
El caballo era de color marrón y el hombre que manejaba el carro le llamaba “Guitarrón”, “no es mío pero el dueño no le puso nombre así que lo llamo Guitarrón. Mírenlo, es igualito a un Guitarrón”, nos explicaba el chófer.
A las tres cuadras se bajó una señora y “pelusita”, una nena de tres años. Quedamos los dos con las señoras hermanas en la parte de atrás, y el chófer con su mujer y su hija adelante. Ellas iban a un cumpleaños con torta en mano, y aprovechaban el viaje del padre.
El paseo duró varios kilómetros. En el camino cruzamos un micro repleto de borrachines, un club con aguas termales y piscinas, más casas de campo, animales, la tranquilidad típica y vespertina de un domingo.
Aprovechamos el paso sosegado de Guitarrón para charlar sobre Cuba con las dos señoras. Una de ellas nos hablaba de los niños y las embarazadas: “Oye, acá en Cuba los niños son oro, nuestro oro”. Nos contó de los cuidados que tiene el Estado con las mujeres embarazadas, “Es que aquí los niños nacen sabiendo, con todos los cuidados que tienen con ellos antes de nacer, esos niños nacen sabios”, decía una y la otra agregaba: “A los tres meses echan dientes y no paran de reírse”. En Cuba las mujeres embarazadas deben dejar su embarazo a cargo del Estado, que tiene planes especiales para embarazadas, con todo tipo de terapias y estímulos. Cuba es el país de América con menos mortalidad infantil, inclusive delante de Canadá (las últimas mediciones de la UNESCO mostraron que en Cuba la tasa de mortalidad infantil es de 4.7 de cada mil nacimientos, en Canadá es de 5 cada mil, en Argentina es de 14 cada mil y en Haití es de 61 cada mil, duplicando la tasa de Guatemala que es la segunda peor del continente).
Camino a “Paso real”, dónde nos dejaría la carreta, las dos hermanas descubrieron un camión estacionado en una casa al costado de la carretera. “Es de Ciego”, dijo una de ellas, se refería a que la patente era de la provincia de Ciego de Ávila, hacia donde íbamos nosotros también. “Ey, Orestico”, llamaron las señoras, es que lo reconocieron, era el camión de Orestes, un vecino de su pueblo. Frenó la carreta y bajamos todo el equipaje. Orestes dijo que nos llevaría, pero que primero iba a almorzar en esa casa, y en el camino tendría que pasar a buscar a unos muchachos.
El hombre de la carreta no quiso cobrarnos, las señoras le dieron 2 CUC y nosotros 20 pesos cubanos, el hombre nos salvó un buen trayecto y ese gesto de no querer cobrarnos fue inmenso.
En definitiva, eran las tres de la tarde y nos sentamos a esperar a que Orestes termine el almuerzo.
Cruzamos la carretera y buscamos la sombra, la encontramos en la escalerita de una casa, y descansamos un rato junto a las dos señoras. Una mujer salió de esa casa y se sentó en la galería de la entrada a fumar, apoyó las dos piernas, como para descansarlas, sobre una silla. “Hola señora, ¿tiene problemas en las piernas?”, le preguntó una de las hermanas. Y mientras la otra hermana le hacía señas a todos los vehículos que pasaban, la hermana conversadora le daba consejos de fisioterapia para las piernas a la mujer de la galería: “En Chambas, usted tiene que ir, hay una sala de fisioterapia que en quince días sale usted curada”.
El domingo ya nos tornaba impacientes, y la hermana que no paraba de hacerles señas a los coches para que nos llevasen a Chambas, le pegó un grito a Orestes: “Oye Orestes, ¿Cuándo nos vamos?”, la otra terminó abruptamente con los consejos de salud para reprocharle: “Oye niña, no seas fresca, como vas a gritarle así”. Ahí empezó otra discusión sobre modales.
Finalmente, Orestico salió de la casa, se subió al camión y atrás nos subimos todos en la caja. Ya casi caía el sol (en invierno a las 6PM se hace de noche), el paisaje era bellísimo. Paramos en Maluya, un poblado del camino, a recoger a los chicos de una escuela que tenían un día de recreación junto a los maestros por el día del Educador. Pero se habían retrasado con la merienda y decidieron quedarse un rato más.
El camión de Orestes salió semivació hacia Chambas. En el trayecto se subió un grupo de adolescentes con guitarras, se subió algún que otro pionerito vestido tal cual van a la escuela aunque fuese domingo, y un par de hombres de campo.
Llegamos a Chambas a las 4.30 de la tarde. En la pequeña terminal compramos galletas y refrescos. Las hermanas esperarían otra guagua a Fallas, les ayudamos con el equipaje y partieron cerca de las cinco. Un micro saldría a Morón a las 6.20Pm, en lo que sería nuestro último trayecto del día En ese lapso vimos un partido de pelota entre Santiago y Villa Clara por TV, rodeados de fanáticos. Se paseó por la terminal un borracho idéntico a Tandarica que animó el atardecer.
Ya era la hora, el micro debía salir pero no aparecía por ningún lado. Era de noche y los pasajeros se impacientaban. A las 7.30 PM nos dieron la noticia de que esa guagua estaba rota y que no saldría. El alboroto fue grande, llamaron al director de tráfico de la provincia, llamaron a todas las autoridades que pudieron. No había más opciones para llegar a Morón, todos dependíamos de la guagua. En el medio de esa espera sonó el teléfono de la terminal de Chambas. Atendieron en la boletería y nos gritaron que era para nosotros. Alguien nos llamaba en pleno domingo a la terminal de Chambas. Eran las dos señoras para saber si habíamos conseguido viajar.
Luego de pensar en cómo íbamos a pasar la noche en esa terminal, vimos la luz al final del túnel: llegó la noticia de que otro micro reemplazaría al averiado (y eso porque los pasajeros se quejaron lo suficiente.
Partimos hacia Morón a las 8.20 PM, escuchando música y durmiendo de a ratos en el camino. Pisamos las calles de Morón a las 9.30 PM, terminaba un domingo de esos bien bien largos.





Nos sentamos bajo la sombra de un árbol, en la entrada de Remedios, a esperar la guagua de Astro que recorre el trayecto desde La Habana a Yaguajay. Es que ya sabíamos de entrada que este viajecito de 100km íbamos a tener que hacerlo de a tramos, y los domingos el transporte se complica, mucho más si no es por la ruta central de la isla.
Sobre esa guagua dominguera existieron opiniones encontradas: en la terminal de Remedios nos dieron una hora, Nélida, la señora de la casa donde nos hospedamos, nos dijo otro horario, y por teléfono desde la terminal de buses de Caibarién otra hora distinta. Con esos datos fuimos a sentarnos bajo al árbol.
Queríamos llegar ese mismo domingo, 21 de diciembre de 2008, a Morón, y sin pagar un solo peso en divisas.
Cuando vimos que la guagua llegó a tiempo (un micro chino nuevito y con aire acondicionado) lo corrimos y subimos a sentarnos en los dos últimos asientos disponibles. La cosa empezaba bien.
Pasamos por Caibarién y luego fuimos directo a Yaguajay, completando el tramo de los primeros 50 km, y recordando a partir de ese instante que cualquier distancia en Cuba es lejos.
En Yaguajay debíamos esperar una hora en la terminal hasta que saliese un camión a Mayajigua, 23 km más allá. Acá el trayecto se empezaba a balcanizar, no tuvimos en cuenta esa parada al comienzo del itinerario. Durante esa espera conocimos a dos señoras, dos hermanas antagónicas que viajaban a un pueblo cercano a Chambas, y anterior a Morón, nuestro destino final. Esas hermanas luego nos darían una gran ayuda para avanzar. Una de ellas, todavía en la terminal de Yaguajay, se acercó a nosotros con un chupetín para cada uno, “para que se diviertan hasta que salga el camión”, nos dijo con mirada de tía.
Subimos al camión a la una del mediodía. Ese camión reemplazó aquél domingo a la guagua habitual, que estaba rota. En cada parada tocaba gritarle a los distraídos: “Esta es la guagua”, porque esperaban un micro y no ese camión con asientitos.
Llegamos a Mayajigua, un pueblito mínimo en el medio de un valle verde repleto de estribaciones, palmas, platanales y típicas casas de campo tropicales (coloridas, de madera, y con lindas galerías en las entradas y a los costados). Preguntamos en la terminal y fueron claros: “hoy no hay nada para Chambas”. Eran las dos de la tarde.
Escuchamos que las dos hermanas pararon una carreta. Nos llamaron para que subamos, era la única manera de salir de ese pueblito. “Sino se quedan empacadados (varados) en Mayajigua”, nos dijeron.
El caballo era de color marrón y el hombre que manejaba el carro le llamaba “Guitarrón”, “no es mío pero el dueño no le puso nombre así que lo llamo Guitarrón. Mírenlo, es igualito a un Guitarrón”, nos explicaba el chófer.
A las tres cuadras se bajó una señora y “pelusita”, una nena de tres años. Quedamos los dos con las señoras hermanas en la parte de atrás, y el chófer con su mujer y su hija adelante. Ellas iban a un cumpleaños con torta en mano, y aprovechaban el viaje del padre.
El paseo duró varios kilómetros. En el camino cruzamos un micro repleto de borrachines, un club con aguas termales y piscinas, más casas de campo, animales, la tranquilidad típica y vespertina de un domingo.
Aprovechamos el paso sosegado de Guitarrón para charlar sobre Cuba con las dos señoras. Una de ellas nos hablaba de los niños y las embarazadas: “Oye, acá en Cuba los niños son oro, nuestro oro”. Nos contó de los cuidados que tiene el Estado con las mujeres embarazadas, “Es que aquí los niños nacen sabiendo, con todos los cuidados que tienen con ellos antes de nacer, esos niños nacen sabios”, decía una y la otra agregaba: “A los tres meses echan dientes y no paran de reírse”. En Cuba las mujeres embarazadas deben dejar su embarazo a cargo del Estado, que tiene planes especiales para embarazadas, con todo tipo de terapias y estímulos. Cuba es el país de América con menos mortalidad infantil, inclusive delante de Canadá (las últimas mediciones de la UNESCO mostraron que en Cuba la tasa de mortalidad infantil es de 4.7 de cada mil nacimientos, en Canadá es de 5 cada mil, en Argentina es de 14 cada mil y en Haití es de 61 cada mil, duplicando la tasa de Guatemala que es la segunda peor del continente).
Camino a “Paso real”, dónde nos dejaría la carreta, las dos hermanas descubrieron un camión estacionado en una casa al costado de la carretera. “Es de Ciego”, dijo una de ellas, se refería a que la patente era de la provincia de Ciego de Ávila, hacia donde íbamos nosotros también. “Ey, Orestico”, llamaron las señoras, es que lo reconocieron, era el camión de Orestes, un vecino de su pueblo. Frenó la carreta y bajamos todo el equipaje. Orestes dijo que nos llevaría, pero que primero iba a almorzar en esa casa, y en el camino tendría que pasar a buscar a unos muchachos.
El hombre de la carreta no quiso cobrarnos, las señoras le dieron 2 CUC y nosotros 20 pesos cubanos, el hombre nos salvó un buen trayecto y ese gesto de no querer cobrarnos fue inmenso.
En definitiva, eran las tres de la tarde y nos sentamos a esperar a que Orestes termine el almuerzo.
Cruzamos la carretera y buscamos la sombra, la encontramos en la escalerita de una casa, y descansamos un rato junto a las dos señoras. Una mujer salió de esa casa y se sentó en la galería de la entrada a fumar, apoyó las dos piernas, como para descansarlas, sobre una silla. “Hola señora, ¿tiene problemas en las piernas?”, le preguntó una de las hermanas. Y mientras la otra hermana le hacía señas a todos los vehículos que pasaban, la hermana conversadora le daba consejos de fisioterapia para las piernas a la mujer de la galería: “En Chambas, usted tiene que ir, hay una sala de fisioterapia que en quince días sale usted curada”.
El domingo ya nos tornaba impacientes, y la hermana que no paraba de hacerles señas a los coches para que nos llevasen a Chambas, le pegó un grito a Orestes: “Oye Orestes, ¿Cuándo nos vamos?”, la otra terminó abruptamente con los consejos de salud para reprocharle: “Oye niña, no seas fresca, como vas a gritarle así”. Ahí empezó otra discusión sobre modales.
Finalmente, Orestico salió de la casa, se subió al camión y atrás nos subimos todos en la caja. Ya casi caía el sol (en invierno a las 6PM se hace de noche), el paisaje era bellísimo. Paramos en Maluya, un poblado del camino, a recoger a los chicos de una escuela que tenían un día de recreación junto a los maestros por el día del Educador. Pero se habían retrasado con la merienda y decidieron quedarse un rato más.
El camión de Orestes salió semivació hacia Chambas. En el trayecto se subió un grupo de adolescentes con guitarras, se subió algún que otro pionerito vestido tal cual van a la escuela aunque fuese domingo, y un par de hombres de campo.
Llegamos a Chambas a las 4.30 de la tarde. En la pequeña terminal compramos galletas y refrescos. Las hermanas esperarían otra guagua a Fallas, les ayudamos con el equipaje y partieron cerca de las cinco. Un micro saldría a Morón a las 6.20Pm, en lo que sería nuestro último trayecto del día En ese lapso vimos un partido de pelota entre Santiago y Villa Clara por TV, rodeados de fanáticos. Se paseó por la terminal un borracho idéntico a Tandarica que animó el atardecer.
Ya era la hora, el micro debía salir pero no aparecía por ningún lado. Era de noche y los pasajeros se impacientaban. A las 7.30 PM nos dieron la noticia de que esa guagua estaba rota y que no saldría. El alboroto fue grande, llamaron al director de tráfico de la provincia, llamaron a todas las autoridades que pudieron. No había más opciones para llegar a Morón, todos dependíamos de la guagua. En el medio de esa espera sonó el teléfono de la terminal de Chambas. Atendieron en la boletería y nos gritaron que era para nosotros. Alguien nos llamaba en pleno domingo a la terminal de Chambas. Eran las dos señoras para saber si habíamos conseguido viajar.
Luego de pensar en cómo íbamos a pasar la noche en esa terminal, vimos la luz al final del túnel: llegó la noticia de que otro micro reemplazaría al averiado (y eso porque los pasajeros se quejaron lo suficiente.
Partimos hacia Morón a las 8.20 PM, escuchando música y durmiendo de a ratos en el camino. Pisamos las calles de Morón a las 9.30 PM, terminaba un domingo de esos bien bien largos.
martes, enero 27, 2009
Camaguey y los encuentros con Manuel



A Manuel lo conocimos una noche lluviosa entre las laberínticas callecitas de Camaguey, hechas así, a lo europeo, para confundir a los piratas e invasores del Siglo XVI y sitiarlos mediante emboscadas defensivas.
Manuel tiene 71 años y vive en Caibarién, provincia de Villa Clara. Llegó a Camaguey en busca de un remedio oncológico para su mujer. Lo encontró en el pueblo de Florida, en una farmacia internacional, y a 11 CUC. Imposible que él pueda comprarlo.
Así fue que volvió a la ciudad de Camaguey y anduvo caminando, haciendo tiempo hasta emprender la vuelta a su pueblo, el día siguiente.
Manuel nos contó historias, resguardándonos de la lluvia bajo techos y toldos, del proceso de lucha revolucionaria en Cuba. Es asmático y en una ocasión, yendo hacia Viñales, le dio un ataque de asma y no quiso viajar. El Che le dijo que viajara, que los ataques de asma se deben pasar agarrándose de un palo o del hombro de otro hombre que lo sostenga.
Manuel dice que el único que bromeaba con el Che era Camilo Cienfuegos. Le desordenaba la oficina, le hacia chistes. Nos contó las veces que el Che hizo remover de ciertos puestos a trabajadores que quisieron favorecerlo en su época de funcionario de primera línea, por tan sólo ser “el che” (regalos, comidas suntuosas, etc). “¿Esto comen los obreros?”, preguntaba el Che cuando veía que su plato era tan abundante. Ante la respuesta negativa se hacia traer la misma comida que el resto, y hacia sancionar al culpable de la desigualdad.
Manuel seguía hablándonos frente a la casa natal de Ignacio Agramonte. Habló de Brasil, de Venezuela, de Unasur.
Al día siguiente, caminábamos con Gabriel por la calle Maceo, una calle curva llena de tiendas y restaurantes. Encontramos a Manuel esperando su turno para hablar por un teléfono público (la gente en Cuba habla horas desde un teléfono público, debe ser la única desventaja de tener una telefonía tan barata). Nosotros íbamos camino a un restaurante en moneda nacional para cenar en la Nochebuena (restaurante Rancho Luna). Manuel quería llamar a su mujer para avisarle que el tren de las 6PM se había cancelado y que tenía que salir a “coger botella” a esa hora de la noche.
Conversamos un rato y nos quedamos con un sabor amargo por las desventuras del hombre, dos días sin dormir, el tren cancelado y la vuelta a casa sin el remedio oncológico.
Siguió la noche y a las dos de la mañana íbamos rumbeando por la calle República, botella de ron en la mano, cuando nos topamos una vez más con el viejo Manuel. Finalmente el tren saldría a las 4 AM. Luego de un rato de charla nos pidió que lo acompañemos a la terminal del ferrocarril.
Allí estuvimos adentro, en el hall, conversando largo rato, mirando “Nano”, la telenovela argentina en la que Araceli hace de muda y Bermúdez es el sex symbol. La mitad de la gente de esa sala de espera miraba la novela y la mitad dormía, así transcurría la noche navideña en Camaguey, el típico espíritu navideño cubano: ni pelota.
Salimos a tomar fresco frente a la estación y Manuel siguió contando sus historias de Fidel, del Che, de Camilo, de Raúl, de Huber Matos y otros. Nos contaba que las rivalidades entre estos personajes son inventos del enemigo, que el PC boliviano fue el culpable de que el Che estuviese tan aislado en su intento revolucionario en ese país, que Fidel apreciaba a Camilo y ahora las escuelas de formación militar juvenil se llaman “los camilitos”.
Seguimos entre esas charlas e historias, mientras pasaba un joven cubano, le pidió un cigarrillo a Gabriel, nos confundió con españoles y nos decía que “que lindo es Salamanca”. Manuel nos dijo que una revista colocó a Fidel como el cuarto hombre más rico del mundo hace unos años. Fidel dijo que si le encuentran “mil dólares, no, si me encuentran cien dólares, no, si me encuentran un dólar en algún banco del mundo renuncio a la presidencia”. Fidel sigue esperando.
Manuel enfatiza que en la época de la reforma agraria que llevó a cabo la Revolución en los primeros años, las primeras tierras en colectivizarse fueron las del padre de Fidel Castro (hay versiones de que la madre murió de un infarto por eso).
Eran cerca de las 3 de la mañana de la Navidad. Nos abrazamos con Manuel, brindamos con ron por la buena vida y nos despedimos.
Datos de la ciudad:
Camaguey es una ciudad laberíntica y desconcertante. Su trazado es bien misterioso. Fue una de las siete villas que fundó Diego Velazquez en los años 1514-1515. Es la ciudad natal del gran poeta cubano: Nicolás Guillén, hogar del revolucionario Ignacio Agramonte, héroe de la independencia. Camaguey fue un enclave pirata en el centro de la isla más grande las Antillas.
Obs:
Quiero aclarar que el remedio oncológico que Manuel no consiguió no llega a Cuba por el bloqueo. Los remedios que sí llegan se consiguen por un precio irrisorio.



A Manuel lo conocimos una noche lluviosa entre las laberínticas callecitas de Camaguey, hechas así, a lo europeo, para confundir a los piratas e invasores del Siglo XVI y sitiarlos mediante emboscadas defensivas.
Manuel tiene 71 años y vive en Caibarién, provincia de Villa Clara. Llegó a Camaguey en busca de un remedio oncológico para su mujer. Lo encontró en el pueblo de Florida, en una farmacia internacional, y a 11 CUC. Imposible que él pueda comprarlo.
Así fue que volvió a la ciudad de Camaguey y anduvo caminando, haciendo tiempo hasta emprender la vuelta a su pueblo, el día siguiente.
Manuel nos contó historias, resguardándonos de la lluvia bajo techos y toldos, del proceso de lucha revolucionaria en Cuba. Es asmático y en una ocasión, yendo hacia Viñales, le dio un ataque de asma y no quiso viajar. El Che le dijo que viajara, que los ataques de asma se deben pasar agarrándose de un palo o del hombro de otro hombre que lo sostenga.
Manuel dice que el único que bromeaba con el Che era Camilo Cienfuegos. Le desordenaba la oficina, le hacia chistes. Nos contó las veces que el Che hizo remover de ciertos puestos a trabajadores que quisieron favorecerlo en su época de funcionario de primera línea, por tan sólo ser “el che” (regalos, comidas suntuosas, etc). “¿Esto comen los obreros?”, preguntaba el Che cuando veía que su plato era tan abundante. Ante la respuesta negativa se hacia traer la misma comida que el resto, y hacia sancionar al culpable de la desigualdad.
Manuel seguía hablándonos frente a la casa natal de Ignacio Agramonte. Habló de Brasil, de Venezuela, de Unasur.
Al día siguiente, caminábamos con Gabriel por la calle Maceo, una calle curva llena de tiendas y restaurantes. Encontramos a Manuel esperando su turno para hablar por un teléfono público (la gente en Cuba habla horas desde un teléfono público, debe ser la única desventaja de tener una telefonía tan barata). Nosotros íbamos camino a un restaurante en moneda nacional para cenar en la Nochebuena (restaurante Rancho Luna). Manuel quería llamar a su mujer para avisarle que el tren de las 6PM se había cancelado y que tenía que salir a “coger botella” a esa hora de la noche.
Conversamos un rato y nos quedamos con un sabor amargo por las desventuras del hombre, dos días sin dormir, el tren cancelado y la vuelta a casa sin el remedio oncológico.
Siguió la noche y a las dos de la mañana íbamos rumbeando por la calle República, botella de ron en la mano, cuando nos topamos una vez más con el viejo Manuel. Finalmente el tren saldría a las 4 AM. Luego de un rato de charla nos pidió que lo acompañemos a la terminal del ferrocarril.
Allí estuvimos adentro, en el hall, conversando largo rato, mirando “Nano”, la telenovela argentina en la que Araceli hace de muda y Bermúdez es el sex symbol. La mitad de la gente de esa sala de espera miraba la novela y la mitad dormía, así transcurría la noche navideña en Camaguey, el típico espíritu navideño cubano: ni pelota.
Salimos a tomar fresco frente a la estación y Manuel siguió contando sus historias de Fidel, del Che, de Camilo, de Raúl, de Huber Matos y otros. Nos contaba que las rivalidades entre estos personajes son inventos del enemigo, que el PC boliviano fue el culpable de que el Che estuviese tan aislado en su intento revolucionario en ese país, que Fidel apreciaba a Camilo y ahora las escuelas de formación militar juvenil se llaman “los camilitos”.
Seguimos entre esas charlas e historias, mientras pasaba un joven cubano, le pidió un cigarrillo a Gabriel, nos confundió con españoles y nos decía que “que lindo es Salamanca”. Manuel nos dijo que una revista colocó a Fidel como el cuarto hombre más rico del mundo hace unos años. Fidel dijo que si le encuentran “mil dólares, no, si me encuentran cien dólares, no, si me encuentran un dólar en algún banco del mundo renuncio a la presidencia”. Fidel sigue esperando.
Manuel enfatiza que en la época de la reforma agraria que llevó a cabo la Revolución en los primeros años, las primeras tierras en colectivizarse fueron las del padre de Fidel Castro (hay versiones de que la madre murió de un infarto por eso).
Eran cerca de las 3 de la mañana de la Navidad. Nos abrazamos con Manuel, brindamos con ron por la buena vida y nos despedimos.
Datos de la ciudad:
Camaguey es una ciudad laberíntica y desconcertante. Su trazado es bien misterioso. Fue una de las siete villas que fundó Diego Velazquez en los años 1514-1515. Es la ciudad natal del gran poeta cubano: Nicolás Guillén, hogar del revolucionario Ignacio Agramonte, héroe de la independencia. Camaguey fue un enclave pirata en el centro de la isla más grande las Antillas.
Obs:
Quiero aclarar que el remedio oncológico que Manuel no consiguió no llega a Cuba por el bloqueo. Los remedios que sí llegan se consiguen por un precio irrisorio.
Remedios, Caibarién y las parrandas





“Una voladora paró el reloj de la iglesia”, nos dice Jorge, coleccionista de billetes (nos mostró billetes egipcios, guatemaltecos, checos). Jorge nos habla, nos conversa, en la plaza Martí de Remedios, un pueblo colonial en la provincia de Villa Clara.
Remedios es famoso por sus parrandas del 24 de diciembre, es una de las tres fiestas más importantes de Cuba junto al carnaval de Santiago y la charanga de Bejucal.
Jorge tuvo un accidente y ahora recibe una pensión y come gratis en un comedor de “enfermos”. Nos decía que una voladora (cañitas, morteros) explotó cerca del reloj de la iglesia de San Juan Bautista y las agujas se pararon. Eso fue unos días atrás, durante una pequeña parranda previa, la parranda de los niños.
Cuentan que en el siglo XIX la gente no asistía a la misa de gallos del 24 de diciembre. Con la idea de convocar a la población a que asista a la iglesia, el párroco de esa época reunió a un grupo de niños y salieron haciendo bulla por las calles. Esa especie de festejo-convocatoria derivo en las parrandas remedianas actuales que congregan miles de personas.
En Remedios existen dos barrios antagónicos que compiten en las parrandas: San Salvador y el Carmen. Para el 24 arman dos carrozas gigantescas (les llaman “trabajos de plaza”) y compiten en originalidad y presentación. Las carrozas se mueven con tractores, y desde varias semanas antes se ven los esqueletos de las estructuras en las esquinas opuestas de la plaza central. A su vez, cada barrio prepara un espectáculo de fuegos artificiales (con aportes de todas partes del mundo) que, según los mismos remedianos, “es la guerra, es Irak”. Lo cierto es que a la hora de competir ninguno de los barrios reconoce ganador al otro, aunque al día siguiente, si la diferencia fue muy grande, la gente del barrio perdedor no sale de su casa ni siquiera al trabajo por miedo a las gastadas. “Es que si uno sale lo cogen para la broma”, nos dice Rosendo del barrio de el Carmen que vivió esa pesadilla el año pasado.
Para estas parrandas viaja gente de toda la isla, incluso viajan los “remedianos ausentes”, gente oriunda del pueblo que migró a La Habana y otras ciudades. Llegan todos juntos y son recibidos para el festejo.
En la noche del 24 empiezan las demostraciones de “fuerza” de los dos barrios y sólo uno será el ganador.
El cura actual de la iglesia San Juan Bautista es mexicano, y parece que le molestan mucho las parrandas. “Esa noche que el cura no duerma, y sino que se vuelva a México”, nos dice Bárbara, la mujer de Rosendo.
Faltaba una semana para la parranda de Remedios y el canal local mostraba una filmación de la parranda del año anterior. La plaza se ve repleta, las carrozas llenas de luces y bailarines, y lo más impresionante, los tableros de morteros y voladores que se encienden todos juntos, cada barrio desde una calle opuesta de la plaza. Es una guerra de estruendos, luces, pólvora y humo denso. El piso de la plaza queda varios días con una capa de ceniza, una especie de volcán Hudson artificial. “Uno no puede ni sentarse en los bancos de la plaza”, nos cuenta Jorge, el coleccionista de billetes.
Era 20 de diciembre y decidimos conocer las parrandas de Caibarién, un pueblo pescador de la costa a 7 km de Remedios. “No son las de Remedios, pero son buenas”, nos aclaran.
Fuimos la noche del sábado 20 a “coger botella” en la salida de Remedios. Desde allí se veían fogonazos en el horizonte, pero el cielo estaba despejado. Eran los fuegos artificiales de la plaza de Caibarién.
Viajamos en un jeep y una vez en el pueblo caminamos hacia el parque principal. La multitud tomaba ron y cerveza, las carrozas estaban apagadas en dos puntos opuestos de la plaza. Eran monstruos dormidos, ya desfilarían más tarde en la noche.
El barrio “la Marina” tenía sus tableros listos en una de las calles que bordean el parque central. El barrio “el Gallo” ya había concluido su show de fuegos artificiales y morteros. Las calles eran un cementerio de cañitas, morteros y pólvora.
Entre cervezas y murmullos veíamos personas con voladores en la mano que las encendían sin siquiera soltarlas, caían en los techos o en el medio de los grupos de gente que conversaban animados por el alcohol.
Llegó el turno de “la Marina”, nos acercamos a la reja (porque no se puede ir más allá de la reja, la calle se cierra y sólo están allí los representantes del barrio que encienden las mechas de los tableros) y empezó la guerra.
Los fogonazos eran impresionantes, los estruendos no se terminaban nunca. Hombres identificados con un pañuelo rojo y guantes para no quemarse encendían todos los fuegos a la vez. Habrá durado una media hora, el humo quedo flotando denso en el ambiente, el suelo casi que todavía temblaba.
Antes del desfile de carrozas, con mucho menos gente en la plaza y alrededores, nos fuimos hacia Remedios caminando por la ruta oscura en la noche. El cielo era una sábana estrellada.
En la mitad de los siete kilómetros un taxi para turistas paró delante de nosotros y nos llevó gratis hasta la plaza de Remedios.





“Una voladora paró el reloj de la iglesia”, nos dice Jorge, coleccionista de billetes (nos mostró billetes egipcios, guatemaltecos, checos). Jorge nos habla, nos conversa, en la plaza Martí de Remedios, un pueblo colonial en la provincia de Villa Clara.
Remedios es famoso por sus parrandas del 24 de diciembre, es una de las tres fiestas más importantes de Cuba junto al carnaval de Santiago y la charanga de Bejucal.
Jorge tuvo un accidente y ahora recibe una pensión y come gratis en un comedor de “enfermos”. Nos decía que una voladora (cañitas, morteros) explotó cerca del reloj de la iglesia de San Juan Bautista y las agujas se pararon. Eso fue unos días atrás, durante una pequeña parranda previa, la parranda de los niños.
Cuentan que en el siglo XIX la gente no asistía a la misa de gallos del 24 de diciembre. Con la idea de convocar a la población a que asista a la iglesia, el párroco de esa época reunió a un grupo de niños y salieron haciendo bulla por las calles. Esa especie de festejo-convocatoria derivo en las parrandas remedianas actuales que congregan miles de personas.
En Remedios existen dos barrios antagónicos que compiten en las parrandas: San Salvador y el Carmen. Para el 24 arman dos carrozas gigantescas (les llaman “trabajos de plaza”) y compiten en originalidad y presentación. Las carrozas se mueven con tractores, y desde varias semanas antes se ven los esqueletos de las estructuras en las esquinas opuestas de la plaza central. A su vez, cada barrio prepara un espectáculo de fuegos artificiales (con aportes de todas partes del mundo) que, según los mismos remedianos, “es la guerra, es Irak”. Lo cierto es que a la hora de competir ninguno de los barrios reconoce ganador al otro, aunque al día siguiente, si la diferencia fue muy grande, la gente del barrio perdedor no sale de su casa ni siquiera al trabajo por miedo a las gastadas. “Es que si uno sale lo cogen para la broma”, nos dice Rosendo del barrio de el Carmen que vivió esa pesadilla el año pasado.
Para estas parrandas viaja gente de toda la isla, incluso viajan los “remedianos ausentes”, gente oriunda del pueblo que migró a La Habana y otras ciudades. Llegan todos juntos y son recibidos para el festejo.
En la noche del 24 empiezan las demostraciones de “fuerza” de los dos barrios y sólo uno será el ganador.
El cura actual de la iglesia San Juan Bautista es mexicano, y parece que le molestan mucho las parrandas. “Esa noche que el cura no duerma, y sino que se vuelva a México”, nos dice Bárbara, la mujer de Rosendo.
Faltaba una semana para la parranda de Remedios y el canal local mostraba una filmación de la parranda del año anterior. La plaza se ve repleta, las carrozas llenas de luces y bailarines, y lo más impresionante, los tableros de morteros y voladores que se encienden todos juntos, cada barrio desde una calle opuesta de la plaza. Es una guerra de estruendos, luces, pólvora y humo denso. El piso de la plaza queda varios días con una capa de ceniza, una especie de volcán Hudson artificial. “Uno no puede ni sentarse en los bancos de la plaza”, nos cuenta Jorge, el coleccionista de billetes.
Era 20 de diciembre y decidimos conocer las parrandas de Caibarién, un pueblo pescador de la costa a 7 km de Remedios. “No son las de Remedios, pero son buenas”, nos aclaran.
Fuimos la noche del sábado 20 a “coger botella” en la salida de Remedios. Desde allí se veían fogonazos en el horizonte, pero el cielo estaba despejado. Eran los fuegos artificiales de la plaza de Caibarién.
Viajamos en un jeep y una vez en el pueblo caminamos hacia el parque principal. La multitud tomaba ron y cerveza, las carrozas estaban apagadas en dos puntos opuestos de la plaza. Eran monstruos dormidos, ya desfilarían más tarde en la noche.
El barrio “la Marina” tenía sus tableros listos en una de las calles que bordean el parque central. El barrio “el Gallo” ya había concluido su show de fuegos artificiales y morteros. Las calles eran un cementerio de cañitas, morteros y pólvora.
Entre cervezas y murmullos veíamos personas con voladores en la mano que las encendían sin siquiera soltarlas, caían en los techos o en el medio de los grupos de gente que conversaban animados por el alcohol.
Llegó el turno de “la Marina”, nos acercamos a la reja (porque no se puede ir más allá de la reja, la calle se cierra y sólo están allí los representantes del barrio que encienden las mechas de los tableros) y empezó la guerra.
Los fogonazos eran impresionantes, los estruendos no se terminaban nunca. Hombres identificados con un pañuelo rojo y guantes para no quemarse encendían todos los fuegos a la vez. Habrá durado una media hora, el humo quedo flotando denso en el ambiente, el suelo casi que todavía temblaba.
Antes del desfile de carrozas, con mucho menos gente en la plaza y alrededores, nos fuimos hacia Remedios caminando por la ruta oscura en la noche. El cielo era una sábana estrellada.
En la mitad de los siete kilómetros un taxi para turistas paró delante de nosotros y nos llevó gratis hasta la plaza de Remedios.
Santa Clara y las primeras (segundas) impresiones
Después de pasar la noche en la terminal de Santa Clara, a las siete de la mañana salí a caminar en busca del punto de encuentro acordado con Gabriel. Tenía el recuerdo de siete años atrás de lo que era la vida cubana, los resabios que habían quedado de aquella vez.
A esa hora de la mañana, avanzando por la carretera central, las paradas estaban repletas de trabajadores y alumnos, Santa Clara empezaba a agitarse. Se ven bicitaxis, carretas, camiones, buses y hasta “camellos” (camiones soviéticos con un acoplado gigantesco y jorobado que se usa como transporte colectivo), estos se veían hasta hace un año por las calles de La Habana. Se compraron micros nuevos de China, los Youton, y los camellos fueron a parar a las provincias.
Luego del encuentro con Gabriel, en casa de Olga, frente a la iglesia del Cármen, salimos a recorrer la ciudad. No recordaba mucho del fugaz paso anterior por ese lugar. Subimos a la terraza del hotel Santa Clara Libre, frente al parque Vidal, para ver una panorámica de los alrededores. Este hotel fue tomado durante el sitio a Santa Clara por los rebeldes. La columna del Che hizo descarrilar el tren blindado que llegaba con armas para abastecer a los soldados del régimen de Batista. Con una grúa Caterpillar, que está en exhibición junto a los vagones de ese tren, levantaron las vías. Una vez en el centro de la ciudad, el Che entró al hotel y bajó a varios soldados de la dictadura.
Durante el resto del día sucedería lo que siempre sucede en Cuba: tomar mate en una plaza y que la gente se acerque a conversar, los parques repletos de ancianos y chicos correteando. Almorzamos pizza con un refresco y al atardecer, mientras se oían los preparativos de una performance teatral en una esquina del parque, nos sentamos frente al gazebo con el termo y la yerba. Ahí mismo se nos acercó un hombre de 81 años que vendía maní. Se nos puso a hablar: que cuando era joven se podía “echar un bollo” (amor pagado) por “30 kilos” (30 centavos de moneda nacional), que tuvo 39 mujeres en su vida, que una vez se fue con dos a Holguín, que a una mujer de Santiago que era demasiado fogosa le tuvo que poner cebolla “ahí en el bollo” para matarle su “fuego uterino”, que mientras haya mujeres él no come gansos (hombres), que en el hotel del frente, el Santa Clara Libre, el mismísimo Che, herido en un brazo, se enfrentó a 9 soldados de Batista y los venció. Así se fue dando la charla con el buen hombre que de a ratos volvía a cerrar conversaciones de vueltas anteriores (recorría la plaza con sus conos de maní). Hasta que empezó el espectáculo teatral y se mezcló con el público para reforzar la venta.
Más tarde tomaríamos una cerveza frente a un bar con música cubana en vivo. Luego de la cerveza llegaría la primera noche de buen sueño en la isla.
Y ya estaban los recuerdos activos otra vez, esa comunicación de los cubanos, los puestos callejeros de comida repletos de gente, las calles a toda hora pobladas, murmullos y griteríos, de no mirar atrás en las noches, del clima cálido y el ambiente de amistad en parques y bares.
De Cuba.
Después de pasar la noche en la terminal de Santa Clara, a las siete de la mañana salí a caminar en busca del punto de encuentro acordado con Gabriel. Tenía el recuerdo de siete años atrás de lo que era la vida cubana, los resabios que habían quedado de aquella vez.
A esa hora de la mañana, avanzando por la carretera central, las paradas estaban repletas de trabajadores y alumnos, Santa Clara empezaba a agitarse. Se ven bicitaxis, carretas, camiones, buses y hasta “camellos” (camiones soviéticos con un acoplado gigantesco y jorobado que se usa como transporte colectivo), estos se veían hasta hace un año por las calles de La Habana. Se compraron micros nuevos de China, los Youton, y los camellos fueron a parar a las provincias.
Luego del encuentro con Gabriel, en casa de Olga, frente a la iglesia del Cármen, salimos a recorrer la ciudad. No recordaba mucho del fugaz paso anterior por ese lugar. Subimos a la terraza del hotel Santa Clara Libre, frente al parque Vidal, para ver una panorámica de los alrededores. Este hotel fue tomado durante el sitio a Santa Clara por los rebeldes. La columna del Che hizo descarrilar el tren blindado que llegaba con armas para abastecer a los soldados del régimen de Batista. Con una grúa Caterpillar, que está en exhibición junto a los vagones de ese tren, levantaron las vías. Una vez en el centro de la ciudad, el Che entró al hotel y bajó a varios soldados de la dictadura.
Durante el resto del día sucedería lo que siempre sucede en Cuba: tomar mate en una plaza y que la gente se acerque a conversar, los parques repletos de ancianos y chicos correteando. Almorzamos pizza con un refresco y al atardecer, mientras se oían los preparativos de una performance teatral en una esquina del parque, nos sentamos frente al gazebo con el termo y la yerba. Ahí mismo se nos acercó un hombre de 81 años que vendía maní. Se nos puso a hablar: que cuando era joven se podía “echar un bollo” (amor pagado) por “30 kilos” (30 centavos de moneda nacional), que tuvo 39 mujeres en su vida, que una vez se fue con dos a Holguín, que a una mujer de Santiago que era demasiado fogosa le tuvo que poner cebolla “ahí en el bollo” para matarle su “fuego uterino”, que mientras haya mujeres él no come gansos (hombres), que en el hotel del frente, el Santa Clara Libre, el mismísimo Che, herido en un brazo, se enfrentó a 9 soldados de Batista y los venció. Así se fue dando la charla con el buen hombre que de a ratos volvía a cerrar conversaciones de vueltas anteriores (recorría la plaza con sus conos de maní). Hasta que empezó el espectáculo teatral y se mezcló con el público para reforzar la venta.
Más tarde tomaríamos una cerveza frente a un bar con música cubana en vivo. Luego de la cerveza llegaría la primera noche de buen sueño en la isla.
Y ya estaban los recuerdos activos otra vez, esa comunicación de los cubanos, los puestos callejeros de comida repletos de gente, las calles a toda hora pobladas, murmullos y griteríos, de no mirar atrás en las noches, del clima cálido y el ambiente de amistad en parques y bares.
De Cuba.
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